La llegada de la vieja Underwood

No me puedo quitar de la cabeza aquel traqueteo de teclas. Una detrás de otra, sin saber mecanografía. Nunca aprendí, de hecho ahora sigo escribiendo con dos dedos. Aquella «Underwood» apareció un día en casa, la trajo mi padre del Banco Central y era una máquina de escribir preciosa, una pieza de ingeniería. Muy pesada, con una funda que la protegía del polvo.
UnderwoodImagino que después de muchos años de oficina, rellenando miles de folios marca «Galgo», pagarés, notas de transferencia y quién sabe cuántas notas entre sucursales, alguien dijo que lo mejor sería jubilar aquel armatoste. Mi padre sí sabía escribir a máquina, como se decía entonces. Mi hermana también. Hablo de finales de los años 70 y la llegada a casa de cualquier artefacto atractivo (por antiguo que fuera) siempre se recibía con honores. Pesaba, insisto, como un demonio. Sobre la mesa, pareciese que era ella la que me observara, y no al revés. Como diciéndome: «llevo mucha batalla encima para que ahora un mocoso me torture en mis últimos días».

307586Tenía una cinta de tinta a dos colores: negro y rojo. Las letras, números y signos de puntuación aparecían al final de un bosque de metal, donde cada rama filosa, pulsada por un tecla, accionaba un signo tipográfico diferente. Luego ese sonido característico, un «zas-zas-zas» que podía sonar al séptimo de caballería o a una procesión de entierro según la rapidez y la agilidad del mecanógrafo. En mi caso, de enterrador. Pero eso no lo hacía menos fascinante. De escribir a mano a escribir a máquina, en aquel tiempo, había un paso importante. Un escalón hacia arriba. Ver como poco a poco la página en blanco iba cediendo, primero con letras, luego con palabras. Bien escritas o con errores ya era otra cuestión. «Zas-zas-zas» machacaban aquellos tipos el papel. «Zas-zas-zas».

me-604-6Escribí mis primeros cuentos de misterio con aquella máquina. Incluso un pequeño dossier vecinal de casos OVNI en Hortaleza, mi barrio de Madrid. Dossier que debe dormir el sueño de los justos en algún lugar del que espero nunca regrese, ja, ja. Pero sin duda la vieja «Underwood, pasados aquellos días de principiante maltratador de teclas, empezó a tomar un valor importante. Ese sonido, ese traqueteo, pasó a ser indispensable, tenía mucho de rito iniciático. Y la máquina de escribir se convirtió en una casa de los horrores donde desmembramientos, hachazos y otras sutilezas coronaban las historias más terribles (por lo malas que eran) aunque con una finalidad que, casi sin darme cuenta, iba cobrando sentido.

me-b-346-10Hasta que después de muchos trabajos para el colegio, luego el instituto, más cuentos tenebrosos, y alguna que otra cosa en el primer año de universidad, esa vieja «Underwood», la pieza de ingeniería más perfecta que tuvimos en casa de mis padres (ni la tele en color, ni luego el video se la pudieron comparar), un día dijo basta. Y aquel bosque de metal, de ramas filosas que terminaban en puntos, números y letras, se enredó de tal forma que ya nunca se enderezó. Fue una especie de suicidio inducido en el que, seguro, tuve bastante culpa. Es imposible olvidar ese golpeteo de las teclas. Nunca he vuelto a sentir lo mismo con los teclados de ordenador, aunque también es cierto que llevar ese armatoste como ahora se llevan los portátiles, hasta la playa, habría sido complicado. Tampoco los nuevos desmembramientos ni los amaneceres zombi me supieron ya nunca igual.  «Zas-zas-zas…» «Zas-zas-zas»…

Chicho Ibáñez Serrador: premio Feroz de Honor 2017

Chicho Ibáñez Serrador. Años 60.
Chicho Ibáñez Serrador. Años 60.

Recuerdo a Chicho Ibáñez Serrador en aquella televisión en blanco y negro de mediados de los años 70. Con un puro en la mano, como Orson Welles, despidiendo alguna temporada del concurso que revolucionó la televisión: el «Un, Dos, Tres«. Chicho tenía un estilo magnético, mezclaba de forma genial el entretenimiento con el humor (a veces muy negro) y el espectáculo.

Chicho y su inseparable puro
Chicho y su inseparable puro

Pero antes de la calabaza Ruperta y los premios fastuosos de entonces en «Un, Dos, Tres» (el coche y el apartamento), Chicho había dejado sin pegar ojo a toda España a mediados de los 60. De «Historias para No Dormir» la gente de mi generación no supo hasta años después, cuando la serie se repuso ya con la tele en color. Y más tarde, primero gracias al video y luego con internet, pudimos disfrutar las tres temporadas completas.

Una serie mítica de TVE: Historias para No Dormir
Una serie mítica de TVE: Historias para No Dormir

Recuerdo con terror la última escena de «El Caso del Señor Valdemar«, adaptación del relato de Edgar Allan Poe. Ese cuerpo descomponiéndose en unos segundos sobre su cama después de un experimento de mesmerismo. El cuarto de estar de casa de mis padres se llenó de extrañas sombras que ya se quedaron allí para siempre porque me hice seguidor de Chicho Ibáñez, de Poe y del terror desde aquel instante.

Ibáñez Serrador presentando "Mis Terrores Favoritos"
Ibáñez Serrador presentando «Mis Terrores Favoritos»

Más aún cuando con el paso del tiempo Chicho volvió a la carga con «Mis Terrores Favoritos«, presentando películas de la Hammer, de la Universal o  del Fantaterror español de los 70, con su habitual estilo entre el humor y lo macabro, heredado del gran Alfred Hitchcock de quien Chicho era admirador confeso. También hizo temblar las salas de cine, con dos éxitos: «La Residencia» (1969) y «Quién Puede Matar a un Niño» (1976), ésta última adaptando una novela de otro grande de la comunicación española, Juan José Plans. Aunque ya no sigo el género de terror con aquella «ansiedad» adolescente  (reconozco que me he vuelto miedica con la edad), cuando pienso en Chicho lo relaciono con esas películas y sus series de suspense. No puedo evitarlo.

Chicho, Valentín Hornos (Don Cicuta) y Kiko Ledgard en el concurso "Un, Dos, Tres".
Chicho, Valentín Hornos (Don Cicuta) y Kiko Ledgard en el concurso «Un, Dos, Tres».

Por supuesto, Ibáñez Serrador fue mucho más que terror y ciencia ficción (que no es poco). El tratamiento que dio por ejemplo al tema del sexo, desde «Historias de la Frivolidad» (1968) al programa divulgativo «Hablamos de Sexo» (1990) por el que recibió el Premio Ondas. O el concurso animalista «Waku-Waku» (1989 y 1998). Todos sus programas catapultaron de inmediato a futuras estrellas de la televisión y el cine: Kiko Ledgard, Valentín Hornos (Don Cicuta), Mayra Gómez Kemp, Jordi Estadella, Victoria Abril. Silvia Marsó, Lydia Bosch, Consuelo Berlanga, Nuria Roca y un largo etcétera. Siempre injusto el maldito «etcétera» porque deja sin nombrar a gente importante.

Los premios se fueron sucediendo, tanto en activo como cuando, ya por la edad, decidió en 2006 apartarse poco a poco de la actividad profesional. Aún así le vimos recibir en 2009 un merecido homenaje en la Semana de Cine de Valladolid. O en 2010 cuando fue galardonado por el Ministerio de Trabajo con el Premio Nacional de Televisión en reconocimiento a toda su carrera.

A Chicho le avala una trayectoria profesional larga y fructífera
Chicho obtuvo el Premio Ondas y Premio Nacional de Televisión

Hoy viernes 18 de noviembre, redacto esta entrada en el blog  tras la noticia de que, a sus 81 años, Chicho Ibáñez Serrador recibirá el Premio Feroz de Honor 2017 que reconoce las trayectorias más emblemáticas del mundo de la televisión, el cine y la producción audiovisual. ¿Qué decir? ¡Enhorabuena, maestro! Y mil gracias por todo.

La necesidad de gritar

Decía el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela que «todos los hombres que no tienen nada importante que decir, hablan a gritos«. Tal vez el autor de «Eloísa está debajo de un almendro» retrataba esa costumbre tan española de hablar en voz alta muchas veces sin necesidad. En contrapunto, la escritora mexicana Laura Esquivel en su novela «Como agua para chocolate«, hacía referencia  a la angustia del silencio, y sentenciaba: «No quería que sus palabras gritasen su dolor«.

Ambas expresiones seguro forman parte de muchos momentos con los que, sin duda, nos identificaremos. Pero hay una necesidad de gritar. Y no me refiero al grito descabellado, gratuito y sin sentido. Hay veces que el acumular silencios es contraproducente. Estamos en una sociedad donde dar un golpe encima de la mesa, salir del rebaño o cambiar el sentido de la marcha, está visto con cierta desconfianza. Muchas veces gritar no es levantar la voz sino una demostración de actitud.

la necesidad de gritarEs verdad, y tiempo habrá para hablar de ello, que los silencios bien ejecutados son muy poderosos. Sin embargo hay ocasiones en que cerrando la boca, volviendo sobre nuestros pasos o bajando la cabeza, no ganamos nada. Al revés, nos ahogamos bajo una capa de no realización. No es fácil muchas veces decir lo que de verdad pensamos. Quizá el miedo a herir alguna susceptibilidad, a erosionar una amistad o a debilitar nuestra imagen nos hagan volver atrás. Y al mismo tiempo sentimos resentirse nuestra autoestima.

Es el momento de sacar afuera ese grito. De dar ese golpe sobre la mesa aunque no pretenda (o tal vez sí) cambiar el mundo, pero sí que se te oiga bien claro. Hay muchas maneras de gritar:

podcast-Escribe, canta, apúntate a la radio de tu pueblo, haz música, pinta, dibuja, fotografía, fomenta tus habilidades favoritas o aquellas con las que siempre has soñado. Ahora con internet ya no hay excusa. Hay cursos gratis, blogs y foros donde la gente desea compartir sin interés económico. No tengas miedo a equivocarte. De los errores se aprende, más aún si los encuentras por ti mismo.

Ayuda a quien tú lo consideres, en la forma que seas más necesario y productivo hacia otras personas. Saca a la luz tu lado más comprometido.

-Si vas por la calle y lees en una farola un folio sujeto con celofán con ese tema que te interesa, déjate caer por la reunión. ¿Al final te decepcionaste? No importa, una experiencia más y a seguir rodando. O mejor aún, crea tu propio círculo de gente afín y genera cultura con los debates.

Mucho que decir-Me encanta el «meme» de arriba: «Tengo tantas cosas que decir que, si me callo, me salen subtítulos«. Abre un blog, graba un podcast, participa en las redes sociales de un modo equilibrado, serio e ingenioso a la vez, que te haga sentir bien, con ese valor de compartir que necesitas y sacar provecho a los momentos.

Grita, dile al mundo que sigues ahí y que has llegado a esta encrucijada de todos los días para quedarte. ¿Me contarás luego cómo te has sentido? Espero que saques esa energía acumulada hacia fuera. Grita y demuestra tu actitud.

 

¿Cómo educar nuestra voz?

 

La voz es nuestra compañera inseparable durante toda la vida. Forma parte de nuestra personalidad, de nuestro carácter aunque no necesariamente los complementa. Hay personas muy dulces con una voz cavernosa, y auténticos psicópatas disfrazados tras una voz radiofónica. Es importante conocer nuestra voz y las posibilidades que nos ofrece.

 

¿Pero cómo conocerla? Muy sencillo: escuchándonos. O mejor aún, grabándonos. Recuerdo cuando hace muchos años, con el magnetofón de casa, nos gustaba grabar a la familia en los cumpleaños y celebraciones. Lo primero que pensé cuando escuché mi voz en la grabadora fue… «¿esa es mi voz?» No me reconocía. Me oía en aquella cinta de casete más agudo, con un timbre extraño. Seguro que os ha ocurrido igual alguna vez. Y si no, ya es hora de que lo hagáis, por favor. Nuestro Smartphone, un mp3 con el micro del portátil u otro dispositivo nos serán de gran ayuda.

prueba de voz

Cuando hablamos, nuestra voz la escuchamos por dentro. Es decir, nuestras cuerdas vocales vibran y el sonido llega directamente a nuestros oídos en esa caja de resonancia que forman la garganta y la cabeza, con sus huesos y músculos. «Desde dentro» nos escuchamos con un tono algo más grave, nos llega un sonido más familiar, más íntimo si me permitís la expresión. Pero la voz que escucha el receptor es, como hemos visto, diferente en matices. Y nuestra grabación será la evidencia.

 

¿Podemos educar la voz? ¡Claro que sí! Muchas veces hemos oído aquello de «tengo una voz fea». Es posible que nos refiramos a que no disponemos de esa voz radiofónica o de doblador de cine. Pero quizá estemos buscando una excusa. Es como la capacidad de vestir elegante, nada tiene que ver con ser más o menos atractivos físicamente.

 

¿En qué consiste la educación de nuestra voz? Podemos indagar en los aspectos más básicos:
1- Vamos a grabar nuestra voz leyendo, por ejemplo, una noticia del periódico. Cuando nos escuchamos, ¿nos oímos rápidos o lentos? ¿Nos comemos algunas palabras? ¿Hemos respetado las pausas de las comas y del resto de la puntuación? Todos estos detalles, y algunos más, son importantes. Pero acabamos de plantear ya algunas cuestiones básicas para que nuestra voz gane en personalidad y presencia: tono, ritmo y pausa.

 

2- Tono. Nuestra voz puede ser tal vez aguda en exceso o demasiado grave. O quizá de tono medio. En cualquier caso, deberemos buscar un tono que se adapte a cada circunstancia. Una reunión de negocios, una entrevista de trabajo no es igual que tomar un café con una íntima amiga o una comida familiar. Es fundamental para ganar en presencia que encontremos en el tono la manera de que nos entiendan bien. Si observamos en nuestro interlocutor una expresión rara, tal vez estemos hablando alto o muy bajo y no nos entiende nada.
hablando altoEs nuestra misión  hacernos entender de un modo adecuado. Y escucharnos en esas grabaciones de prueba nos hará descubrir matices interesantes que quizá desconocíamos. Probemos a hablar un poco más lento de lo que solemos hacerlo. Luego leamos algo con un poco de velocidad. ¿En cuál de las pruebas nos sentimos mejor? También podemos enseñárselas  a un familiar o un amigo para saber su opinión.

 

2- Ritmo. No me refiero a esa celeridad tan habitual de los locutores y locutoras en los 5 minutos de noticias cada hora en punto. O a la de los artistas de los monólogos. Pero si encontramos el ritmo adecuado a nuestra voz habremos conseguido un paso importante. Por supuesto sin comernos letras y cuidando determinadas expresiones coloquiales que, según en qué circunstancias, pueden dar de nosotros mismos una imagen poco seria o relajada en exceso. Un ritmo de voz pausado siempre es elegante. Damos imagen de personas reflexivas, que pensamos lo que decimos. No tiene que ver con voces bonitas. ¿verdad?. Y precaución: hablar pausado no es hablar lento. Podemos desesperar a nuestro interlocutor si hablamos como si caminásemos sobre cristales.

 

3- Pausa. Para revestir con detalles y matices al ritmo de nuestra voz, hemos de respetar las pausas. Al grabarnos leyendo esa noticia o un párrafo de una novela nos encontraremos los signos de puntuación y es fundamental respetarlos. Al hablar permanecen invisibles, es cierto. Pero estarán presentes en forma de pausas. Podemos observar cómo las matizan en la radio, en las noticias. Pareciera que en cada frase «entre comas» hubiera un pequeño cambio de tono en la locución. Imitémoslo. No es necesario ni recomendable perderse en un bosque de pausas. Terminaremos perdiéndonos nosotros y nuestro receptor se cansará. Frases cortas, sin complicarnos pero elegantes. Con las pausas adecuadas. Y no está de más preguntar de vez en cuando si nos estamos explicando bien. Damos a la otra persona una sensación de interés muy positiva.
No nos cansemos de practicar y de ensayar, a solas o con amistades.
ensayo de voz