¿De dónde proviene el afecto?

Sin duda de algún lugar misterioso entre nuestros recuerdos, en esa niebla caprichosa que a veces es la empatía. De ecos de palabras que alguna vez escuchamos y que de nuevo retornan. De la sorpresa por supuesto que también. De miradas que parpadearon algún día frente a nuestras necesidades. De reencuentros inesperados al final de un paseo de años. De la suerte, normalmente esquiva, y que de pronto aparece con pantalones vaqueros y camiseta de tirantes. De una canción no escrita que, dormida, esperabas que alguien te cantase al oído. De tormentas en las que asoma como una broma el sol o, al revés, de solaneras aburridas acabadas con el golpe de autoridad de un aguacero. ¿Quién mueve los hilos detrás de esos momentos?

afecto

Dejar de ver para aprender a mirar

Vamos siempre con demasiada prisa. No creo que sea solo una enfermedad endémica de las ciudades. Va más allá: es un sentido equivocado sobre lo que de veras es importante. No sabemos detener el tiempo. Quizás ni para eso tengamos tiempo. Las manecillas del reloj han dado paso a los dígitos del smartphone pero el acoso es el mismo. Todavía más, hemos aprendido a vivir en los minutos de descuento y, cuando no tenemos ese agobio encima, pareciera que nos vemos extraños, con el paso cambiado, con la marcha equivocada.

cazador de imágenes

Igual que no es lo mismo entender que comprender: podemos entender el hecho pero no comprendemos el porqué. Igual que es distinto oír que escuchar, siempre se dijo que la radio por la mañana se oía y por la noche se escuchaba. Tampoco es igual ver que mirar.

«Ver»  lo hacemos en cualquier momento, desde que nos levantamos. Somos conscientes, más o menos también es cierto, de una realidad que nos rodea. Pero el análisis, el matiz, la observación y el rey de oros, el detalle, son cosas distintas. Cuando vemos un árbol vemos el objeto, el ser, a veces un simple bulto. Pero cuando miramos y rompemos ese velo de lo cotidiano y de la prisa, entonces aparece el ser vivo, el refugio de otros seres invisibles entre las ramas y sus sonidos, la piel de corteza octogenaria o nueva, la savia que resbala.

mujer en el museo

La observación es prima hermana del detenimiento, del cuidado y la minuciosidad. Por supuesto, familiares lejanísimos de la prisa o el atropello. Todo el mundo tiene (o deberíamos tener) ese rincón donde el mundo deja de girar. Puede ser un parque. Quizás un lago. La orilla del mar. O por qué no, el sillón favorito de casa si es allí donde conseguimos la evasión. Es curioso pero también  a veces para mirar hay que cerrar los ojos.

No podemos dejar olvidada en un contenedor nuestra capacidad de mirar. De traspasar lo mundano y lo ambiguo para poner en marcha nuestro verdadero sexto sentido: la mirada. Esa química que funde el ojo con la razón y, aún más lejos, con la imaginación.

Imaginando