NOTRE DAME RESURGIRÁ

Casi dos siglos para levantarla, entre 1163 y 1345, y apenas unas pocas horas para verla consumida por el fuego. El reloj del mundo se detenía una vez más, con la mirada atónita sobre Notre Dame, cuando la aguja de la catedral, conocida como la Flecha, se venía abajo. Una vista aérea del desastre mostraba la planta en forma de cruz devorada por las llamas. Buena parte del techo también se derrumbaba. Los visitantes y ciudadanos, tras el cordón de seguridad, observaban perplejos lo que sucedía. Algunos se arrodillaban. El corazón de París volvía a arder, como en 1871 durante la Comuna, hoy 15 de abril de 2019, paradójicamente, Día Mundial del Arte. 

A Notre Dame acuden 12 millones de visitantes al año. Por allí hemos estado todos, en primera persona, en las vivencias de familiares y amigos que nos contaban sus viajes, con la imaginación al leer a Víctor Hugo su “Nuestra Señora de París (1831) o contemplando en la gran pantalla al sin igual Lon Chaney apoyado junto a la gárgola conocida como “El Pensador” para la película “El Jorobado de Notre Dame”, de 1923. Quasimodo seguirá buscando el amor de Esmeralda en el corazón de generaciones, sin remedio. 

Las gárgolas de Notre Dame ya vigilaban París más de cinco siglos desde su privilegiado balcón. Vieron pasar reinados y revoluciones, cuando un loco maravilloso, Gustave Eiffel, construyó ese armatoste terrible, para algunos, y alucinación futurista para otros, que es la famosa Torre sobre los Campos de Marte. La Exposición Universal de 1889 acabó y la Torre quedó allí para siempre como símbolo moderno de la Ciudad de la Luz.  

El poder de los símbolos se agiganta con el paso del tiempo. Forman parte de nosotros mismos. Más de 400 bomberos llevan horas luchando contra las llamas que devoran ese símbolo, Patrimonio Mundial de la UNESCO, y verdadero corazón de París. Lo siento, Torre. A medianoche, en internet algunas fuentes aseguran que la estructura de Notre Dame está a salvo y preservada en su conjunto, así como las dos icónicas torres.  

El presidente francés, Macron, se compromete a reconstruir de nuevo la icónica catedral, lanzando suscripciones dentro y fuera de Francia. Todo el talento que sea necesario para que Notre Dame renazca una vez más. Además, Macron añadió: “Esta catedral es nuestra historia, nuestra literatura, nuestra imaginación, el lugar donde vivimos nuestros grandes momentos”.  

Amanecerá. Siempre ocurre así. Cuando el humo se disipe y las barcas de turistas vuelvan a navegar por el río Sena, las catacumbas que soportan el paso de esa maravillosa ciudad y su perla en la Isla, volverán a ser testigo. Necesitamos de los símbolos que verdaderamente nos unen. Necesitamos del Arte, de la Historia, del reflejo de lo mejor que dejamos en este planeta. De entre todos los comunicados de autoridades, me quedo con las palabras de Obama, ex presidente de EE.UU: “Forma parte de nuestra naturaleza hacer duelo cuando vemos que la Historia se pierde, pero también forma parte de ella volver a construir para el mañana, tan fuertes como podamos.   

 

 

Apología de la sorpresa: Iron Maiden y las redes sociales

¡Cómo cambian los tiempos! En los ochenta se prohibía entrar a un concierto con cámara de fotos o grabadora. Los furtivos que conseguían colarlas nos regalaron, benditos sean, grabaciones piratas muy placenteras. Hoy, sin embargo, los modernos smartphones sustituyen a las llamas de los mecheros y, además, nos permiten compartir en segundos, de un lado al otro del mundo, cada canción, cada detalle de los músicos.

Sin duda, con tanta información al alcance de un clic, nos hacemos «spoiler» los unos a las otras constantemente. ¡Qué palabra! ¡»Spoiler»! Lo que ha sido toda la vida jod… jorobarte la sorpresa. Ayer la mayoría ya iba al concierto de Iron Maiden en Madrid, en el nuevo estadio del Atleti, sabiendo lo del avión al empezar el show, el orden de los temas, los cambios de escenario, etc. La información corría como la pólvora desde antes de entrar y en las redes sociales.

Foto: EuropaPress

Por mi parte, esta vez conseguí meterme en una burbuja de ébano para no ver ver nada en YouTube ni que mis mejores amigos me pasaran información. Creo que la ilusión de adolescente que aún nos queda (y que nunca nos debería abandonar) se hace más fetiche así: con la sorpresa. Y mirando de izquierda a derecha veía a algunos pirados como yo. Los descubrí por cómo abrían los ojos o la boca cuando Steve Harris y sus chicos entonaban los primeros acordes de tal o cual tema. ¡¡Van a tocarlo!!

La ilusión y la sorpresa son reacciones químicas maravillosas que nos regala el cerebro cuando lo alimentamos antes con pequeñas (grandes) cosas: música, reuniones con amigos, cine, cuentos o leyendas. Están escondidas a la espera que algo encienda la mecha. Y ayer ese milagro intergeneracional que es el Rock lo consiguió. Aunque también un estreno de cine, un libro que no puedes dejar de leer o conocer a alguien interesante. ¡Y en las redes cuando son de verdad sociales! En fin, hoy quise hacer apología de la sorpresa y lo mismo le hice «spoiler» del concierto a alguien de otro país. ¡Qué desastre!

 

Apnea y el mensaje en una botella. El escritor náufrago y el lector al rescate.

No lo negaré. Estoy muy contento de publicar mi primer libro. Pero lo que más agradezco es la reacción tan cariñosa de quienes, desde el primer momento, se han interesado por APNEA. Gente que tengo la suerte de conservar cerca. También personas con las que hacía bastante que no hablaba pero que la sombra alargada de la tecnología nos permite seguir en una vinculación latente. Y nuevos contactos a los que acabo de conocer gracias a su amabilidad hacia este libro.

Escribir tiene mucho de lanzar ese mensaje en la botella del que nos habló Edgar A. Poe. Hay una parte de necesidad y de soledad difícil de explicar, pero que sin duda está ahí. Es muy excitante y frustrante el papel en blanco ( o la pantalla en blanco, en los tiempos modernos). Esa sensación de que empiezas algo sin saber por dónde va a terminar, como si soltaras algo muy querido en mitad de la selva y, tras muchas aventuras, te lo volvieras a encontrar en una playa frente al mar.

Has visto a las ideas revolotear como albatros, como pelícanos alrededor. Y tú eres una especie de náufrago que, lejos de escribir en un lugar apartado e idílico, batallas contra la marea de todos los días, incapaz de aislarte de esa tempestad que es lo cotidiano y que, casi siempre, se desata por sorpresa. Tal vez por eso cuando llegas al final, a la última hoja en blanco, te crees superviviente de algún modo. Aunque tan ingenuo que, ni te imaginas, la pelea administrativa que empieza, pero eso ya es otra historia.

Volviendo al comienzo, al escritor lo salva el lector. Ha encontrado ese mensaje en la botella, por seguimiento o por casualidad, y aparece a lo lejos, al final de la playa o en un buque al rescate, viento en popa a toda vela. El viejo oficio de comunicar no tiene sentido sin la recepción del mensaje. Tan sencillo pero tan difícil de entender a veces. Y lo más curioso: que después de tantas «penalidades» estás loco por echarte al mar otra vez. ¡Muchas gracias de corazón!

La puerta de casa

Muy feliz año 2018 a todos, desde La Antena de mi Cuarto, con mis mejores deseos. Han pasado unas semanas desde la última actualización del blog. Entre los podcast para «El Vagón 85» y «San Antonio Abad Radio» pero, sobre todo, el último empujón al libro de relatos que estoy escribiendo, ha podido parecer que estaba ausente. Y no valen excusas. Pero nada más lejos de la realidad. Como a buen seguro os pasará a vosotros, a veces falta tiempo hasta para respirar. Sin embargo la vida no deja de dar vueltas. Lo vemos en Google, en los telediarios, ¡no digamos ya en whatsapp! Y tal vez olvidemos a una de las fuentes de información más lapidarias: la puerta de casa.

Recuerdo un 20 de noviembre de 1975. En apariencia un día de colegio normal para los niños de entonces. Y sin embargo, la puerta de casa se abrió para que nuestra vecina Carmen entrase con una información importante. Mi madre habló con ella entre susurros y, después de cerrar, apareció por la cocina  y me dijo con voz muy seria: «Hoy no hay cole, se murió el Caudillo«. Luego pusimos la tele y apareció Arias Navarro con el ya histórico: «Españoles: Franco…ha muerto». Pero la noticia nos la dio mi vecina.

Otra fecha interesante. 23 de febrero de 1981. En casa de mis padres la televisión era uno más. Y aquella tarde estábamos viendo en la primera cadena, «La Mansión de los Plaff«, cuando de pronto se abrió la puerta de casa y apareció mi hermana («¡Hay un Golpe de Estado!«), con un señor que no conocíamos de nada, bastante preocupado. Nos pidió usar el teléfono para llamar a sus familiares y darles fe de que estaba bien. El tipo era taxista y, en el trayecto de traer a casa a mi hermana, escucharon por radio la famosa emisión en directo de la Cadena SER con la entrada a las Cortes de Tejero y su «¡Quieto todo el mundo!». De nuevo la información llegó por la puerta de casa.

Hoy el mundo ha cambiado tanto como si viviéramos en otro planeta. Estamos sometidos a una saturación informativa no siempre fiable, a través de unos aparatos que en aquel entonces nos hubiesen parecido de procedencia extraterrestre. Y hay quien dice que cada vez nos comunicamos menos de tú a tú, mirando a la gente de frente, de puerta a puerta. Debo decir que mi vecina Carmen, la del desayuno con la muerte de Franco, sigue al pie del cañón y la fiabilidad de sus fuentes, intacta. La puerta de casa, el vecindario, la tienda de abajo, la farmacia quizás no sean «apps» con emojis, pero la gente con experiencia siempre será un generador de información muy valioso. La vida pasa por allí. Levantemos la cabeza del móvil.

 

 

El día que los Gatos escaparon de la selva

Una vez dijo el Premio Nobel de la Paz, Albert Schweitzer: «hay dos modos de refugiarse de las miserias de la vida, y son la música y los gatos«. En su filosofía vital, este médico, teólogo, músico y misionero alemán, abogaba por una máxima inquebrantable: «El respeto por la vida, como resultado de la contemplación en la propia voluntad consciente de vivir, conduce al individuo a vivir al servicio de la gente y de cada criatura viva».

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Albert Schweitzer con uno de sus gatos

Ayer, día 20 de febrero se celebró el #Día Mundial de los Gatos. Supongo que mucha gente pensará que habrá cosas más importantes de las que acordarse. Es respetable. Pero también entiendo que mucha gente estará encantada. Mi caso es el segundo. He vivido con gatos desde los 13 años. Ahora tengo 49 (si la memoria no me falla…) y el convivir cerca de esos seres misteriosos me ha aportado lecciones de vida inolvidables.

Ernest Hemingway
Ernest Hemingway

Los gatos tienen un carácter especial que no todo el mundo comparte. Te exigen su espacio, no te ven como su dueño sino como su anfitrión y pueden vivir la mitad de su vida ajena a la tuya. Pero sin embargo te cuentan secretos a través de la expresividad hipnótica de su mirada. Y se pegan a ti ronroneando justo cuando, por algún misterioso vínculo, ellos saben que los necesitas. Se sienten especiales y poseen un ego maravilloso.

Joey Ramone amaba a los gatos
Joey Ramone amaba a los gatos

Los gatos fueron dioses en Egipto y demonios en la Edad Media. Pasaron por el regazo de Edgar Allan Poe y Lovecraft los adoraba. También Borges, Hemingway, Aldous Huxley, Terenci Moix o músicos como Joey Ramone se dejaron llevar por la fascinación de estos seres que, hace ya mucho tiempo, escaparon de la selva. Después, un rayo de luna los redujo de tamaño para regalarnos su compañía.

Borges y el minino
Borges y el minino

¿De dónde proviene el afecto?

Sin duda de algún lugar misterioso entre nuestros recuerdos, en esa niebla caprichosa que a veces es la empatía. De ecos de palabras que alguna vez escuchamos y que de nuevo retornan. De la sorpresa por supuesto que también. De miradas que parpadearon algún día frente a nuestras necesidades. De reencuentros inesperados al final de un paseo de años. De la suerte, normalmente esquiva, y que de pronto aparece con pantalones vaqueros y camiseta de tirantes. De una canción no escrita que, dormida, esperabas que alguien te cantase al oído. De tormentas en las que asoma como una broma el sol o, al revés, de solaneras aburridas acabadas con el golpe de autoridad de un aguacero. ¿Quién mueve los hilos detrás de esos momentos?

afecto

La llegada de la vieja Underwood

No me puedo quitar de la cabeza aquel traqueteo de teclas. Una detrás de otra, sin saber mecanografía. Nunca aprendí, de hecho ahora sigo escribiendo con dos dedos. Aquella «Underwood» apareció un día en casa, la trajo mi padre del Banco Central y era una máquina de escribir preciosa, una pieza de ingeniería. Muy pesada, con una funda que la protegía del polvo.
UnderwoodImagino que después de muchos años de oficina, rellenando miles de folios marca «Galgo», pagarés, notas de transferencia y quién sabe cuántas notas entre sucursales, alguien dijo que lo mejor sería jubilar aquel armatoste. Mi padre sí sabía escribir a máquina, como se decía entonces. Mi hermana también. Hablo de finales de los años 70 y la llegada a casa de cualquier artefacto atractivo (por antiguo que fuera) siempre se recibía con honores. Pesaba, insisto, como un demonio. Sobre la mesa, pareciese que era ella la que me observara, y no al revés. Como diciéndome: «llevo mucha batalla encima para que ahora un mocoso me torture en mis últimos días».

307586Tenía una cinta de tinta a dos colores: negro y rojo. Las letras, números y signos de puntuación aparecían al final de un bosque de metal, donde cada rama filosa, pulsada por un tecla, accionaba un signo tipográfico diferente. Luego ese sonido característico, un «zas-zas-zas» que podía sonar al séptimo de caballería o a una procesión de entierro según la rapidez y la agilidad del mecanógrafo. En mi caso, de enterrador. Pero eso no lo hacía menos fascinante. De escribir a mano a escribir a máquina, en aquel tiempo, había un paso importante. Un escalón hacia arriba. Ver como poco a poco la página en blanco iba cediendo, primero con letras, luego con palabras. Bien escritas o con errores ya era otra cuestión. «Zas-zas-zas» machacaban aquellos tipos el papel. «Zas-zas-zas».

me-604-6Escribí mis primeros cuentos de misterio con aquella máquina. Incluso un pequeño dossier vecinal de casos OVNI en Hortaleza, mi barrio de Madrid. Dossier que debe dormir el sueño de los justos en algún lugar del que espero nunca regrese, ja, ja. Pero sin duda la vieja «Underwood, pasados aquellos días de principiante maltratador de teclas, empezó a tomar un valor importante. Ese sonido, ese traqueteo, pasó a ser indispensable, tenía mucho de rito iniciático. Y la máquina de escribir se convirtió en una casa de los horrores donde desmembramientos, hachazos y otras sutilezas coronaban las historias más terribles (por lo malas que eran) aunque con una finalidad que, casi sin darme cuenta, iba cobrando sentido.

me-b-346-10Hasta que después de muchos trabajos para el colegio, luego el instituto, más cuentos tenebrosos, y alguna que otra cosa en el primer año de universidad, esa vieja «Underwood», la pieza de ingeniería más perfecta que tuvimos en casa de mis padres (ni la tele en color, ni luego el video se la pudieron comparar), un día dijo basta. Y aquel bosque de metal, de ramas filosas que terminaban en puntos, números y letras, se enredó de tal forma que ya nunca se enderezó. Fue una especie de suicidio inducido en el que, seguro, tuve bastante culpa. Es imposible olvidar ese golpeteo de las teclas. Nunca he vuelto a sentir lo mismo con los teclados de ordenador, aunque también es cierto que llevar ese armatoste como ahora se llevan los portátiles, hasta la playa, habría sido complicado. Tampoco los nuevos desmembramientos ni los amaneceres zombi me supieron ya nunca igual.  «Zas-zas-zas…» «Zas-zas-zas»…

La luz silenciosa

Me encantan las puestas de sol, los crepúsculos. Seguro que a vosotr@s también. ¿Quién no se dejaría seducir por ese instante mágico? Mi amiga Carolina me contó una vez que en la playa de Ipanema los bañistas aplauden al sol cuando se oculta. Luego están los ocasos de las montañas con la niebla bajando como en una confabulación secreta que muy pocos entienden. También hay anocheceres mágicos y entonces es posible que la maldición persiga a los amantes, él se convierta en lobo y ella vuelva a su forma humana tras pasar el día como un halcón.
Atardecer en Los Alpes
Atardecer en Los Alpes
Estábamos en una aldea del sur de Francia. Recuerdo que un amigo de un lejano país me acercó una cerveza, y mirando al cielo que anochecía, dijo: -«La hora sagrada». Nos quedamos en silencio, como forma de respeto hacia aquella luz misteriosa que, por momentos, agonizaba. ¿Dónde escuché aquella historia del coleccionista de atardeceres? ¿O era una canción? No recuerdo. Pero sería estupendo poder coleccionarlos y recordar los pensamientos que vienen y se van con ellos, como hijos olvidados.

 

En el Pantano de Buendía vivimos anocheceres fantásticos. También en las escolleras de la playa de Miramar, en Ciudad Madero, México, con las toninas (parecidas a los delfines) bailando en la desembocadura del río Pánuco. Espero vivir muchos más, con mi mujer, con mis mejores amigos, con las presencias que miran desde Arriba y siempre sonríen, entre brumas, en el abismo elevado de la luz silenciosa.
Ocaso en el Mar Báltico
Ocaso en el Mar Báltico

Las pequeñas cosas

La sencillez de las pequeñas cosas hacen especiales los buenos momentos. Compartidas. Casi anónimas. Sin necesidad de boato ni de fechas marcadas. Hijas de lo inesperado, que se conservan como pequeños tesoros del tiempo. Exigen su «derecho de admisión» frente a los vestidos de una noche o los trajes de disfraces. Son miradas, besos y anocheceres. Son indispensables. ¿Os sentáis conmigo?.

 

Las pequeñas cosas

De cuando conversábamos…

…para volver las cosas del revés, porque sabíamos que podrían hacerse de un modo diferente. Los momentos se llenaban de palabras y no de lecciones, ni de convencer a nadie de nuestras ideas. De cuando vencíamos a lo mundano con la imaginación, incubando ensoñaciones que nos hacían crecer por dentro. Sin límites ni prejuicios. De cuando escapábamos en la Noche y era como volver a casa.

"Late Night Conversations"

La pintura es de Wesley James Drake, «Late Night Conversations»