Somos lo que comunicamos

Muchas veces hemos leído la frase «somos lo que comemos». También habría que añadir, «somos lo que vivimos». E incluso, «somos lo que soñamos», dormidos y despiertos. Pero pocas afirmaciones serían tan correctas como la de «Somos lo que comunicamos«.
somos lo que comunicamosEl nuestro es un mundo cicatrizado en exceso por los cánones y los estereotipos, sobre todo de imagen. Algunas y algunos todavía se creen que corbatas, rastas, cuerpos danone, trajes, ropa vaquera, tatuajes o gomina nos dan «pistas» sobre cómo es una persona y de qué pie cojea. ¿Pero cuándo empezamos a conocer de verdad a una persona? Ya puede ser muy ingenioso y seductor el candidato en una entrevista de trabajo que hasta no empezar a trabajar y comunicarse no le empezaremos a conocer en serio.
Nuestra verdadera caraNo me refiero a que rellenemos con honestidad nuestro currículo,  voy más allá. Ahora nos enfrentamos a diario a una actualizada versión de «Jekyll y Hyde», los personajes de Stevenson. Las personas tenemos un «yo» digamos íntimo y, en muchas ocasiones, hemos creado otro «yo» tecnológico. Con internet hemos democratizado la información, hemos levantado las barreras de la comunicación que antes solo podíamos vencer con largos viajes y pasaportes. Podemos mantener conversaciones a tiempo real con la otra parte del mundo, como no imaginábamos hace 30 años.

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Y sin embargo, estas posibilidades maravillosas las administramos a menudo a través de aplicaciones y foros a los que entramos utilizando «nicks», alias, sobrenombres, etc. Necesitamos preservar nuestra intimidad cuando hablamos e intercambiamos confidencias con gente que no conocemos de nada. Lo que sería impensable (o muy complicado) en una cafetería o en un parque, el anonimato con el nos parapetamos tras la tecnología nos anima a ello. En cierta forma nos abrimos al mundo con un disfraz, nos limitamos al tiempo que nos creemos más libres.

incomunicado

No soy un crítico de los chats, los foros, para nada. He conocido en ellos a personas estupendas que ahora son grandes amigos. Pero siempre llegó el momento de enfrentarse a un punto de inflexión: el cara a cara. Y aquí vuelvo al inicio de esta nota. En cuanto apagamos el dispositivo, debemos afrontar nuestro modo de comunicación natural. Ya sé que ahora hay reuniones de cafetería con todo el mundo «smartphone» en mano. Es inevitable. Sin embargo el  momento clave siempre llega, tarde o temprano.
cara a cara Somos lo que comunicamos. Nuestra presencia, el tono de voz, nuestro vocabulario, nuestros gestos y lenguaje no verbal. No hay tarjeta de visita ni currículo que supere a esta carta de presentación. Ya podemos llevar el mejor traje, el vestido más caro o invitar a la otra persona al restaurante de moda, que si nuestra manera de comunicar no le convence, habremos pinchado en hueso. No habrá nicks, ni icons ni memes. Es la hora de la palabra.

 

 

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