Reflexiones sobre la maldad

La maldad está presente en nuestra vida. Pero el torrente de incomunicación que late en las redes sociales (maravillosas en ocasiones), nos hace sentirla aún más cercana. La maldad no es solamente matar. O torturar. No es solo mostrarse insensible. O cómplice. La maldad también se esconde detrás de otras actitudes con dudoso valor ético.

La maldad está en cada desprecio gratuito, instalado de serie por clichés doctrinarios, hacia planteamientos que no coincidan con los nuestros. La maldad nos escupe a la cara cuando niños y niñas acosan y se mofan de compañeros en clase, provocándoles complejos, miedo y ansiedad que acaban en suicidios o en trastornos de por vida.

La maldad crece con el culto al ego, al hedonismo soberbio que fomenta el rechazo sectario hacia los que no se encuadren en sus cánones estéticos. Como diría el escritor Gregory Maguire: «Es de la gente que afirma ser  buena o mejor que el resto de nosotros, de la que debes cuidarte«.

La maldad se alimenta en cada noticia falsa que se lanza al ciberespacio. En cada acto «iconoplasta» de esos que disfrutan con el arte de enturbiar y transgredir. La maldad se parapeta tras quienes difunden bulos aun sabiendo que son mentira. Después serán los primeros en sacar pecho y exigir objetividad cuando sean los ofendidos.

La maldad, en suma, no necesita ser histórica, ni proverbial para quedar en el recuerdo durante generaciones. Engorda con cada acto miserable. Con cada mezquindad escondida tras un alias o un nick  en internet. Cuando exigimos para uno libertad de expresión, patrimonio exclusivo, si después despreciamos la misma libertad del contrario. La maldad es hipócrita y muy cínica.

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