A Los popes de la verdad se les ve el plumero

La  expresión “se te ve el plumero” debe ser tan vieja como los pinos de mi barrio. Me temo que mucho más. Y ninguna culpa tiene el pobre pavo real de que, en su empeño por llamar la atención con el abanico de sus señoriales plumas, le hayan colgado este sambenito. Cuando tienes un micrófono delante, escribes en un blog, grabas un podcast, etc, es fácil ir dejando pistas o huellas jurásicas y le enseñes al mundo de qué pie cojeas. 

¿Dónde empieza el problema? Cuando tratas de convencer dando por hecho que tu parecer es el bueno. No solo el bueno, también el correcto. Y además del correcto, el decente. Pecando de soberbia echas por tierra eso de lo que, encima, presumes: la empatía hacia quien no piensa como tú. Hablemos claro, que lo que por un oído te entra por el otro te sale a la velocidad de la luz. 

Últimamente se habla mucho sobre la comunicación positiva, como si algún psicólogo o experto en estas lides hubiese descubierto El Dorado. Pero sí es verdad que el término vuelve a la primera fila. En un mundo global donde estamos en permanente uso de la comunicación, tanto en puestos de emisión como de recepción, somos testigos privilegiados de que, en efecto, queda mucho por hacer. O algo estamos haciendo mal.  

Se supone que los factores de la comunicación en positivo deberían ser:  

  • Generar empatía y estrechar lazos de conversación e información.
  •  Motivar el intercambio de pareceres y el debate constructivo.
  •  Enriquecer tus planteamientos con puntos de vista diferentes o contrarios.
  •  Evitar la agresión constante, el cansancio mental y la desmotivación que vemos a diario en las redes sociales, por ejemplo.
  •  Jugar en equipo, con la sensación de pisar suelo común.
  •  Fomentar la creatividad. 

Estamos por desgracia acostumbrados a sacar pecho y al “lo que yo te diga”, sea con bravuconadas o con guante de seda que enmascara inmovilismo y poco interés por las posturas divergentes. Conviene evitar a quienes generen violencia dialéctica y demuestren poco respeto por la opinión contraria. 

De estos popes que se creen dueños de la única verdad y pontifican a diario, lo mejor es despedirse con una sonrisa y dedicarse a otros menesteres. Aunque incluso de estos personajes se aprenden cosas. A evitar, claro. Nadie tiene una varita mágica. Pero todos sabemos qué es el respeto y cómo practicarlo. Vivimos tiempos en que calentar el ambiente día a día parece una misión.  

En la medida de tus posibilidades, a tu manera, construye, comunica sin imponer. 

La polémica del anuncio de Mahou y su reacción como marca

Hace unas semanas subí una entrada acerca de cómo responder frente a las críticas en las redes sociales. Hablaba de que la red 2.0 no tiene sentido sin la interacción. Y en esa participación del receptor (hasta entonces casi olvidado salvo en las cartas al director de los periódicos) cabe de todo: aporte de información, documentación, coloquio, debate y por supuesto también la crítica.
Hoy leí en un diario que Twitter ya era considerado el paraíso de los críticos. Cualquier frase de alguien relevante o conocido (político, deportista, artista, músico) puede ser interpretada y respondida en cuestión de segundos por miles de mensajes. Algunos verdaderas obras de arte de la concisión en 140 caracteres. La red tiene sus pautas. El ciberespacio no puede ser comparado (gran error) con una conversación en la barra de un bar. Dicha respuesta interactiva, amplificada en segundos por miles de participantes, hace que un error o una malinterpretación se paguen caro.
Por eso es muy importante responder y argumentar ante una crítica que aumenta hasta convertirse en un aluvión. Un ejemplo de respuesta lo vivimos hace apenas unos días. Mahou, la marca de cerveza española, se vio obligada a rectificar, pedir disculpas y retirar un anuncio de su campaña #Un Sabor Muy Grande. En el anuncio, se contaba la historia de un grupo musical que había aceptado tocar en un pueblo a cambio del pago en especie de 6.000 botellines. Rápido empezaron a llover en Twitter y en Facebook críticas de usuarios al entender que el spot ofendía a los músicos.«Rock a cambio de botellines«, se puede leer en este fotograma del anuncio. Mahou a las pocas horas reaccionó con una nota de disculpa“Por todo el amor que sentimos hacia la música, lamentamos profundamente no haber sabido contaros mejor lo que queríamos transmitir con el anuncio (…). Por este motivo, os hemos escuchado y hemos decidido dejar de emitir la pieza que contaba la historia personal de un grupo de músicos (…)». No es mi propósito aquí entrar en el debate sino valorar en positivo la reacción de la marca: lamentan no haber sabido transmitir el mensaje, hacen mención a «escuchar» al receptor y deciden retirar el anuncio. Fue tan ágil la respuesta que bastantes medios se hicieron eco casi al mismo tiempo de la quejas y de la nota de Mahou.También hubo usuarios de Twitter sorprendidos ante la «reacción desproporcionada» del sector más crítico con el anuncio. Y de nuevo se abría el debate acerca de la virulencia de algunos mensajes, la calidad de los argumentos o el uso de las redes sociales bajo meras reacciones en caliente. Entraríamos en otra polémica más genérica y sociológica: el abuso de las redes sociales como trinchera de fuego cruzado.

Fuese un anuncio acertado o fallido, la polémica en las redes hizo que el gabinete de marketing de Mahou reaccionara con celeridad. Activó una respuesta y la difundió de inmediato. Dirigió un mensaje de disculpa, demostrando una escucha activa, un alto grado de autocrítica y preocupación por su imagen como marca.