El corazón de la radio y la radio de verdad

La radio no necesita presentación. ¿ O sí? Tal vez lo primero que nos venga a la cabeza sea ese aparato multiforme, cada día menos atractivo, por donde escuchamos cosas. Me dirán que es una definición simplona, lo admito, pero se acerca a la realidad. A veces esas cosas son geniales, inolvidables… y otras, puras memeces. Pero todas son radio. La misma que Gila quiso inventar «en color» o donde emitió, aquel discurso histórico a su país, el Rey Jorge VI para anunciar que Inglaterra declaraba la guerra a Hitler en 1939.
Si la radio no contagia emoción, no es radio. Hoy día la modernidad tecnológica y las redes sociales se han apoderado de algo que era único de la radio: la inmediatez. Pero la radio debe seguir jugando sus bazas, no puede quedarse dormida. ¿Y cuál es la mejor de ellas? La de siempre: crear imágenes invisibles en la imaginación del oyente. Llevarlo en volandas en un carrusel de palabras y atmósfera. No estoy hablando de velocidad sino de sensaciones. Y cuando se consigue, es un arte.Pocas veces he sentido más vértigo que al entrar en un estudio para emitir en directo. Llevar el guion de una relato que había escrito y ensayado muchas veces en mi cuarto, con el tocadiscos (los CD y YouTube llegarían después). Cuando con los compañeros de control nos mirábamos haciéndonos señas. La música entraba por los cascos y más adentro la adrenalina. Con esa inquietud que acompaña al compromiso, a no ser una simple voz por las ondas. La razón última era transmitir.
La radio carece de sentido si no llegas al oyente, si no consigues hacerle partícipe de ese momento, compartiendo el mismo vértigo. Igual que si fuera uno más del equipo. Sabemos que los formatos han cambiado. Con la nueva era del podcast, el oyente no está obligado a prestar la misma atención, como cuando el mensaje de la vieja radio se perdía en el éter. Uno puede descargar el programa, escucharlo y volver atrás las veces que quiera. Pero nos confundiríamos si eso conlleva bajar la guardia.
En podcast o en cualquier formato, la radio debe seguir siendo radio. Con sus tiempos y su ritmo. Si no intuyes al controlador de sonido subir y bajar las pistas como si dibujase líneas de encefalograma, difícilmente habrá emoción. Si no cuidamos la atmósfera que crea la música, no tendremos complicidad con la audiencia, no lograremos sacarla de viaje. Y si no transmitimos sinceridad y compromiso, lo estaremos haciendo muy bonito, pero no será radio. La misma que nos enganchaba años atrás, sin que pudiéramos desviar la atención.

Debemos poner las nuevas tecnologías al servicio de la creatividad, la información, la cultura y el entretenimiento. Pero recuperando esa sensación de inmediatez. Transmitir a la audiencia el mensaje de: «OK, me puedes descargar y escuchar las veces que quieras, pero si esta primera vez no lo haces del tirón, en algo me habré equivocado«. Eso es la radio, el corazón de la radio. Que siga latiendo para disfrute de muchas generaciones.

 

 

 

 

 

 

La necesidad de gritar

Decía el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela que «todos los hombres que no tienen nada importante que decir, hablan a gritos«. Tal vez el autor de «Eloísa está debajo de un almendro» retrataba esa costumbre tan española de hablar en voz alta muchas veces sin necesidad. En contrapunto, la escritora mexicana Laura Esquivel en su novela «Como agua para chocolate«, hacía referencia  a la angustia del silencio, y sentenciaba: «No quería que sus palabras gritasen su dolor«.

Ambas expresiones seguro forman parte de muchos momentos con los que, sin duda, nos identificaremos. Pero hay una necesidad de gritar. Y no me refiero al grito descabellado, gratuito y sin sentido. Hay veces que el acumular silencios es contraproducente. Estamos en una sociedad donde dar un golpe encima de la mesa, salir del rebaño o cambiar el sentido de la marcha, está visto con cierta desconfianza. Muchas veces gritar no es levantar la voz sino una demostración de actitud.

la necesidad de gritarEs verdad, y tiempo habrá para hablar de ello, que los silencios bien ejecutados son muy poderosos. Sin embargo hay ocasiones en que cerrando la boca, volviendo sobre nuestros pasos o bajando la cabeza, no ganamos nada. Al revés, nos ahogamos bajo una capa de no realización. No es fácil muchas veces decir lo que de verdad pensamos. Quizá el miedo a herir alguna susceptibilidad, a erosionar una amistad o a debilitar nuestra imagen nos hagan volver atrás. Y al mismo tiempo sentimos resentirse nuestra autoestima.

Es el momento de sacar afuera ese grito. De dar ese golpe sobre la mesa aunque no pretenda (o tal vez sí) cambiar el mundo, pero sí que se te oiga bien claro. Hay muchas maneras de gritar:

podcast-Escribe, canta, apúntate a la radio de tu pueblo, haz música, pinta, dibuja, fotografía, fomenta tus habilidades favoritas o aquellas con las que siempre has soñado. Ahora con internet ya no hay excusa. Hay cursos gratis, blogs y foros donde la gente desea compartir sin interés económico. No tengas miedo a equivocarte. De los errores se aprende, más aún si los encuentras por ti mismo.

Ayuda a quien tú lo consideres, en la forma que seas más necesario y productivo hacia otras personas. Saca a la luz tu lado más comprometido.

-Si vas por la calle y lees en una farola un folio sujeto con celofán con ese tema que te interesa, déjate caer por la reunión. ¿Al final te decepcionaste? No importa, una experiencia más y a seguir rodando. O mejor aún, crea tu propio círculo de gente afín y genera cultura con los debates.

Mucho que decir-Me encanta el «meme» de arriba: «Tengo tantas cosas que decir que, si me callo, me salen subtítulos«. Abre un blog, graba un podcast, participa en las redes sociales de un modo equilibrado, serio e ingenioso a la vez, que te haga sentir bien, con ese valor de compartir que necesitas y sacar provecho a los momentos.

Grita, dile al mundo que sigues ahí y que has llegado a esta encrucijada de todos los días para quedarte. ¿Me contarás luego cómo te has sentido? Espero que saques esa energía acumulada hacia fuera. Grita y demuestra tu actitud.