A Los popes de la verdad se les ve el plumero

La  expresión “se te ve el plumero” debe ser tan vieja como los pinos de mi barrio. Me temo que mucho más. Y ninguna culpa tiene el pobre pavo real de que, en su empeño por llamar la atención con el abanico de sus señoriales plumas, le hayan colgado este sambenito. Cuando tienes un micrófono delante, escribes en un blog, grabas un podcast, etc, es fácil ir dejando pistas o huellas jurásicas y le enseñes al mundo de qué pie cojeas. 

¿Dónde empieza el problema? Cuando tratas de convencer dando por hecho que tu parecer es el bueno. No solo el bueno, también el correcto. Y además del correcto, el decente. Pecando de soberbia echas por tierra eso de lo que, encima, presumes: la empatía hacia quien no piensa como tú. Hablemos claro, que lo que por un oído te entra por el otro te sale a la velocidad de la luz. 

Últimamente se habla mucho sobre la comunicación positiva, como si algún psicólogo o experto en estas lides hubiese descubierto El Dorado. Pero sí es verdad que el término vuelve a la primera fila. En un mundo global donde estamos en permanente uso de la comunicación, tanto en puestos de emisión como de recepción, somos testigos privilegiados de que, en efecto, queda mucho por hacer. O algo estamos haciendo mal.  

Se supone que los factores de la comunicación en positivo deberían ser:  

  • Generar empatía y estrechar lazos de conversación e información.
  •  Motivar el intercambio de pareceres y el debate constructivo.
  •  Enriquecer tus planteamientos con puntos de vista diferentes o contrarios.
  •  Evitar la agresión constante, el cansancio mental y la desmotivación que vemos a diario en las redes sociales, por ejemplo.
  •  Jugar en equipo, con la sensación de pisar suelo común.
  •  Fomentar la creatividad. 

Estamos por desgracia acostumbrados a sacar pecho y al “lo que yo te diga”, sea con bravuconadas o con guante de seda que enmascara inmovilismo y poco interés por las posturas divergentes. Conviene evitar a quienes generen violencia dialéctica y demuestren poco respeto por la opinión contraria. 

De estos popes que se creen dueños de la única verdad y pontifican a diario, lo mejor es despedirse con una sonrisa y dedicarse a otros menesteres. Aunque incluso de estos personajes se aprenden cosas. A evitar, claro. Nadie tiene una varita mágica. Pero todos sabemos qué es el respeto y cómo practicarlo. Vivimos tiempos en que calentar el ambiente día a día parece una misión.  

En la medida de tus posibilidades, a tu manera, construye, comunica sin imponer. 

Apnea y el mensaje en una botella. El escritor náufrago y el lector al rescate.

No lo negaré. Estoy muy contento de publicar mi primer libro. Pero lo que más agradezco es la reacción tan cariñosa de quienes, desde el primer momento, se han interesado por APNEA. Gente que tengo la suerte de conservar cerca. También personas con las que hacía bastante que no hablaba pero que la sombra alargada de la tecnología nos permite seguir en una vinculación latente. Y nuevos contactos a los que acabo de conocer gracias a su amabilidad hacia este libro.

Escribir tiene mucho de lanzar ese mensaje en la botella del que nos habló Edgar A. Poe. Hay una parte de necesidad y de soledad difícil de explicar, pero que sin duda está ahí. Es muy excitante y frustrante el papel en blanco ( o la pantalla en blanco, en los tiempos modernos). Esa sensación de que empiezas algo sin saber por dónde va a terminar, como si soltaras algo muy querido en mitad de la selva y, tras muchas aventuras, te lo volvieras a encontrar en una playa frente al mar.

Has visto a las ideas revolotear como albatros, como pelícanos alrededor. Y tú eres una especie de náufrago que, lejos de escribir en un lugar apartado e idílico, batallas contra la marea de todos los días, incapaz de aislarte de esa tempestad que es lo cotidiano y que, casi siempre, se desata por sorpresa. Tal vez por eso cuando llegas al final, a la última hoja en blanco, te crees superviviente de algún modo. Aunque tan ingenuo que, ni te imaginas, la pelea administrativa que empieza, pero eso ya es otra historia.

Volviendo al comienzo, al escritor lo salva el lector. Ha encontrado ese mensaje en la botella, por seguimiento o por casualidad, y aparece a lo lejos, al final de la playa o en un buque al rescate, viento en popa a toda vela. El viejo oficio de comunicar no tiene sentido sin la recepción del mensaje. Tan sencillo pero tan difícil de entender a veces. Y lo más curioso: que después de tantas «penalidades» estás loco por echarte al mar otra vez. ¡Muchas gracias de corazón!

El cinismo doctrinario está en el aire

Se define al cinismo como la «desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables«. Primo hermano de la hipocresía y del oprobio, podríamos decir que está instalado de serie en todas las personas. Y lo demuestra con cansina constancia la gente vehemente, empeñada en demostrarnos su aguerrida militancia, su férrea rectitud. Son los modernos dueños de la verdad, la suya por supuesto, la de los demás («si es que existe») no parece importarles demasiado.

El cinismo y su prima la hipocresía buscan en los medios de comunicación la noticia y la opinión que se enmarca en su ideología, marginando otras miradas que afecten a la sostenibilidad de su doctrina. No importa lo acertadas o constructivas que sean. Hay que agujerearlas. Lo más fácil es embadurnarlas de azul o de rojo, según intereses. También vende mucho vaticinar conspiraciones mediáticas y editoriales. Con una mano nos convertimos en adalides de la memoria…y con la otra, en desmemoriados.

En cada opinión hay que interpretar lo que se dice y, sobre todo, lo que se oculta. En lo sumergido está muchas veces una cara de la verdad y de la información muy importante. Algo que no les conviene mostrar a quienes tanto presumen de transparencia. ¿Nuestras armas? La desconfianza, el contraste, no dar nada por sentado, buscar lo que callan, huir de planteamientos narcótico-doctrinarios. Urge desenmascarar a quienes nos digan lo que debemos pensar, el blanco o el negro.

El corazón de la radio y la radio de verdad

La radio no necesita presentación. ¿ O sí? Tal vez lo primero que nos venga a la cabeza sea ese aparato multiforme, cada día menos atractivo, por donde escuchamos cosas. Me dirán que es una definición simplona, lo admito, pero se acerca a la realidad. A veces esas cosas son geniales, inolvidables… y otras, puras memeces. Pero todas son radio. La misma que Gila quiso inventar «en color» o donde emitió, aquel discurso histórico a su país, el Rey Jorge VI para anunciar que Inglaterra declaraba la guerra a Hitler en 1939.
Si la radio no contagia emoción, no es radio. Hoy día la modernidad tecnológica y las redes sociales se han apoderado de algo que era único de la radio: la inmediatez. Pero la radio debe seguir jugando sus bazas, no puede quedarse dormida. ¿Y cuál es la mejor de ellas? La de siempre: crear imágenes invisibles en la imaginación del oyente. Llevarlo en volandas en un carrusel de palabras y atmósfera. No estoy hablando de velocidad sino de sensaciones. Y cuando se consigue, es un arte.Pocas veces he sentido más vértigo que al entrar en un estudio para emitir en directo. Llevar el guion de una relato que había escrito y ensayado muchas veces en mi cuarto, con el tocadiscos (los CD y YouTube llegarían después). Cuando con los compañeros de control nos mirábamos haciéndonos señas. La música entraba por los cascos y más adentro la adrenalina. Con esa inquietud que acompaña al compromiso, a no ser una simple voz por las ondas. La razón última era transmitir.
La radio carece de sentido si no llegas al oyente, si no consigues hacerle partícipe de ese momento, compartiendo el mismo vértigo. Igual que si fuera uno más del equipo. Sabemos que los formatos han cambiado. Con la nueva era del podcast, el oyente no está obligado a prestar la misma atención, como cuando el mensaje de la vieja radio se perdía en el éter. Uno puede descargar el programa, escucharlo y volver atrás las veces que quiera. Pero nos confundiríamos si eso conlleva bajar la guardia.
En podcast o en cualquier formato, la radio debe seguir siendo radio. Con sus tiempos y su ritmo. Si no intuyes al controlador de sonido subir y bajar las pistas como si dibujase líneas de encefalograma, difícilmente habrá emoción. Si no cuidamos la atmósfera que crea la música, no tendremos complicidad con la audiencia, no lograremos sacarla de viaje. Y si no transmitimos sinceridad y compromiso, lo estaremos haciendo muy bonito, pero no será radio. La misma que nos enganchaba años atrás, sin que pudiéramos desviar la atención.

Debemos poner las nuevas tecnologías al servicio de la creatividad, la información, la cultura y el entretenimiento. Pero recuperando esa sensación de inmediatez. Transmitir a la audiencia el mensaje de: «OK, me puedes descargar y escuchar las veces que quieras, pero si esta primera vez no lo haces del tirón, en algo me habré equivocado«. Eso es la radio, el corazón de la radio. Que siga latiendo para disfrute de muchas generaciones.

 

 

 

 

 

 

¿Qué hacer para que no te encasillen?

Desde el primer momento estamos dando pistas sobre nosotros mismos. Nuestro aspecto, la ropa que llevamos, la forma de hablar, si damos la mano o un beso a alguien que nos acaban de presentar. La primera impresión que se hagan de nosotros será ajustada o no. Podemos parecer naturales o evidenciar una coraza extraña.
Hay gente que necesita encasillar a las personas con quienes se relaciona. Etiquetar a alguien por su aspecto es un error ya endémico en la sociedad. Hay quien vaticina cómo somos, qué votamos, por dónde frecuentamos, sólo con un fugaz escaneo. Existe una nube de clichés sobrevolando a la espera de alguien que precise estamparlos en la frente de sus clientes, conocidos, adversarios o simples compañeros de asiento en el tren. Pero atención, también nosotros podemos frecuentar un espacio de seguridad donde temas, opiniones y gustos siempre den vueltas a la misma órbita.
Esa obsesión por etiquetar acompañada del miedo a abandonar nuestro espacio de seguridad provoca el encasillamiento. Una palabra temida por artistas, actores, músicos pero que puede afectar a cualquiera en nuestra ajetreada vida social. Se encasilla a alguien cuando se le clasifica de manera rígida o incluso frívola. Pero del mismo modo cuando nos limitamos con actitudes u opiniones lineales y repetitivas. Nos hacemos predecibles o, peor aún, aburridos.

¿Cómo evitar ser etiquetados? ¿Cómo buscar la originalidad?

Saliendo de esa zona de confort donde nos sentimos cómodos o nos creemos interesantes. Demos una vuelta a nuestras ideas, lecturas, fuentes y puntos de vista.
Estando al tanto de los temas de actualidad para ampliar nuestro espectro de opinión. No necesitamos ser especialistas pero sí unos conversadores a la altura.
Fomentando en dosis el factor sorpresa. Todos poseemos habilidades y experiencias que no siempre compartimos. Ahora es el momento de sacar ese as bajo la manga.
Actuando con naturalidad comunicativa en cada situación. Saber escuchar y debatir sin imposiciones. Fomentar el interés con variedad de argumentos.
Generando expectativas con nuestra presencia y no cansancio. Como consecuencia del punto anterior, que nuestros interlocutores vean en nosotros una fuente de información fresca y renovada.
Reinventarnos conlleva un reto: huir del conformismo. Es una actitud enriquecedora en nuestra comunicación con el mundo. Y si a pesar de todo, no podemos evitar a quien se estanque etiquetándonos a su conveniencia, quizás sea el momento de seguir el consejo del Dr. Freud.

 

 

¿Dónde quedaron las buenas noticias?

Un hombre se suicida arrojándose por una ventana del Hospital «La Paz» con su bebé en brazos. Yihadistas asesinan a mujeres embarazadas acusándolas de adulterio. La corrupción generalizada. Donald Trump y el muro. Peleas de poder en partidos políticos cada vez más alejados de sus votantes. Cuando nos asomamos a los telediarios y vemos estas cosas, nos preguntamos: ¿Dónde están las buenas noticias? ¿Acaso no hay?

periódicoSin duda llevamos algo de razón. En un bosque de sucesos terribles, desagradables o desesperanzadores, las noticias positivas se desplazan como nubes pasajeras, espejismos de oasis. Dicen que nos estamos acostumbrando a la violencia más extrema pero, también a veces, no le damos el valor que merecen a logros que pasan cada día delante nuestro.

gente anónima

Deportistas minoritarios que nos hacen campeones y apenas cuentan para los grandes medios. Gente que dedica su tiempo a los demás con espíritu desinteresado. Grupos animalistas que cuidan y cobijan a seres indefensos. Anónimos de todas las artes que ofrecen su talento por internet, en el Metro o en un pub.

Tal vez con las buenas noticias ocurra como con la suerte. No hay que quedarse sentados sino salir a buscarlas. Hay que insistir en la necesidad de abandonar nuestra zona de confort y que la inspiración nos encuentre andando. Sí, por ese pequeño mundo que abarcan nuestros brazos. Empecemos por ahí. ¿Tú qué sabes hacer? ¿Qué aportamos cada cual para que esas buenas noticias surjan?

ideas

Nos fijamos demasiado en la televisión. Sin duda nos aporta cosas en las que meditar. Pero la Vida pasa cada mañana por nuestra puerta. No conocemos mejor universo que el que tocamos con las manos. En ese microclima es donde tenemos que empezar a actuar. Quizás nunca seamos trending topic de Twitter. ¿Pero qué importa? Las buenas noticias también salen de gente como tú y como yo que un día se coordinan con otro pequeño hábitat que, a su vez, forma parte de un lugar remoto en el planeta. Nos sorprendería saber cómo nacen las grandes ideas que algún día cambiaron el mundo. O aquel instante que, en una esquina, iluminó a alguien para siempre.

meta alcanzada

 

 

¿Cómo responder frente a las críticas?

Seamos sinceros: a nadie nos gusta que nos critiquen. Menos aún cuando hemos puesto todo nuestro empeño en algo. Sin embargo la crítica es necesaria e ineludible. No hemos lanzado un mensaje para que nadie lo reciba. Internet guarda su esencia en la interacción. Es una llamada a la participación donde, debemos entenderlo, una crítica es siempre una oportunidad. No se nos puede quedar, esta cara…
críticasSi lanzamos un mensaje por internet es con la idea de encontrar respuesta y crear un cierto vínculo. Nos hemos comprometido y además, en muchos casos, de manera creativa, saliendo de nuestra zona de confort. Y sin embargo, cuando pensamos que hemos dado en el blanco, aparecen las críticas. El jarro de agua fría. La visión opuesta. La diferencia de criterio, a veces, despiadada. El primer error sería dejarnos caer por el abatimiento. Peor aún, por la arrogancia. Tampoco debemos perdernos en justificaciones.

diferencia de criteriosSí, hemos invertido mucho tiempo. Pero quizá también dimos por sentado cosas como una verdad universal. Y las verdades universales no existen. Aquí es donde debemos empezar a ser receptivos y escuchar. Si empezamos construyendo parapetos en base a nuestro conocimiento del tema, a nuestro rigor en la investigación y a la indiscutible realidad de nuestros argumentos, estamos equivocándonos.

opinionesNo, por una vez no estoy de acuerdo con el Dr. House. A la gente hay que escucharla con atención y preocuparse por sus opiniones. Insisto, no hemos lanzando un mensaje por la simple vanidad de oírnos a nosotros mismos. En la asertividad reside un pilar de las habilidades comunicativas. Pero no me refiero a esa asertividad disfrazada de falsa humildad. La gente, antes o después, se percata. Si no somos capaces de escuchar, atender, responder en un tiempo breve y contrastar nuestros argumentos con los que nos han expuesto los receptores (interlocutores, lectores, oyentes…), el propósito de nuestro mensaje se disolverá como un azucarillo. Estamos frente a un conflicto.

conflictoAnte una crítica, lo primero es agradecer la participación de quien nos la hace. Después, estudiar con detenimiento su argumentación, en el fondo y en la forma. Tal vez sepamos que se basa desde el principio en una equivocación o en un intento de imponer cierta doctrina. Entonces, no caigamos nosotros en el mismo error. Nuestra respuesta ha de ser aún más argumentada y contrastada que en el mensaje inicial. Buscando, si los hay, puntos en común y sin caer nunca en la aburridísima justificación que no satisface a nadie.

punto de acuerdoCuando la crítica, amable o dura, sea justa, lo primero que debemos hacer es aprovecharla, mejorar con transparencia y avanzar. No sirve de nada ofuscarse, ni lanzar bombas de humo. Caer en ese error perjudicará a nuestra credibilidad. Cuando logremos que quienes reciben nuestro mensaje vean en él una manera honesta de querer comunicar, y de interesarnos por la opinión del otro, entonces  lograremos conectar como una fuente fiable de información, participativa e interactiva. Es un reto diario.

¿De dónde proviene el afecto?

Sin duda de algún lugar misterioso entre nuestros recuerdos, en esa niebla caprichosa que a veces es la empatía. De ecos de palabras que alguna vez escuchamos y que de nuevo retornan. De la sorpresa por supuesto que también. De miradas que parpadearon algún día frente a nuestras necesidades. De reencuentros inesperados al final de un paseo de años. De la suerte, normalmente esquiva, y que de pronto aparece con pantalones vaqueros y camiseta de tirantes. De una canción no escrita que, dormida, esperabas que alguien te cantase al oído. De tormentas en las que asoma como una broma el sol o, al revés, de solaneras aburridas acabadas con el golpe de autoridad de un aguacero. ¿Quién mueve los hilos detrás de esos momentos?

afecto

La necesidad de gritar

Decía el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela que «todos los hombres que no tienen nada importante que decir, hablan a gritos«. Tal vez el autor de «Eloísa está debajo de un almendro» retrataba esa costumbre tan española de hablar en voz alta muchas veces sin necesidad. En contrapunto, la escritora mexicana Laura Esquivel en su novela «Como agua para chocolate«, hacía referencia  a la angustia del silencio, y sentenciaba: «No quería que sus palabras gritasen su dolor«.

Ambas expresiones seguro forman parte de muchos momentos con los que, sin duda, nos identificaremos. Pero hay una necesidad de gritar. Y no me refiero al grito descabellado, gratuito y sin sentido. Hay veces que el acumular silencios es contraproducente. Estamos en una sociedad donde dar un golpe encima de la mesa, salir del rebaño o cambiar el sentido de la marcha, está visto con cierta desconfianza. Muchas veces gritar no es levantar la voz sino una demostración de actitud.

la necesidad de gritarEs verdad, y tiempo habrá para hablar de ello, que los silencios bien ejecutados son muy poderosos. Sin embargo hay ocasiones en que cerrando la boca, volviendo sobre nuestros pasos o bajando la cabeza, no ganamos nada. Al revés, nos ahogamos bajo una capa de no realización. No es fácil muchas veces decir lo que de verdad pensamos. Quizá el miedo a herir alguna susceptibilidad, a erosionar una amistad o a debilitar nuestra imagen nos hagan volver atrás. Y al mismo tiempo sentimos resentirse nuestra autoestima.

Es el momento de sacar afuera ese grito. De dar ese golpe sobre la mesa aunque no pretenda (o tal vez sí) cambiar el mundo, pero sí que se te oiga bien claro. Hay muchas maneras de gritar:

podcast-Escribe, canta, apúntate a la radio de tu pueblo, haz música, pinta, dibuja, fotografía, fomenta tus habilidades favoritas o aquellas con las que siempre has soñado. Ahora con internet ya no hay excusa. Hay cursos gratis, blogs y foros donde la gente desea compartir sin interés económico. No tengas miedo a equivocarte. De los errores se aprende, más aún si los encuentras por ti mismo.

Ayuda a quien tú lo consideres, en la forma que seas más necesario y productivo hacia otras personas. Saca a la luz tu lado más comprometido.

-Si vas por la calle y lees en una farola un folio sujeto con celofán con ese tema que te interesa, déjate caer por la reunión. ¿Al final te decepcionaste? No importa, una experiencia más y a seguir rodando. O mejor aún, crea tu propio círculo de gente afín y genera cultura con los debates.

Mucho que decir-Me encanta el «meme» de arriba: «Tengo tantas cosas que decir que, si me callo, me salen subtítulos«. Abre un blog, graba un podcast, participa en las redes sociales de un modo equilibrado, serio e ingenioso a la vez, que te haga sentir bien, con ese valor de compartir que necesitas y sacar provecho a los momentos.

Grita, dile al mundo que sigues ahí y que has llegado a esta encrucijada de todos los días para quedarte. ¿Me contarás luego cómo te has sentido? Espero que saques esa energía acumulada hacia fuera. Grita y demuestra tu actitud.

 

¿Cómo educar nuestra voz?

 

La voz es nuestra compañera inseparable durante toda la vida. Forma parte de nuestra personalidad, de nuestro carácter aunque no necesariamente los complementa. Hay personas muy dulces con una voz cavernosa, y auténticos psicópatas disfrazados tras una voz radiofónica. Es importante conocer nuestra voz y las posibilidades que nos ofrece.

 

¿Pero cómo conocerla? Muy sencillo: escuchándonos. O mejor aún, grabándonos. Recuerdo cuando hace muchos años, con el magnetofón de casa, nos gustaba grabar a la familia en los cumpleaños y celebraciones. Lo primero que pensé cuando escuché mi voz en la grabadora fue… «¿esa es mi voz?» No me reconocía. Me oía en aquella cinta de casete más agudo, con un timbre extraño. Seguro que os ha ocurrido igual alguna vez. Y si no, ya es hora de que lo hagáis, por favor. Nuestro Smartphone, un mp3 con el micro del portátil u otro dispositivo nos serán de gran ayuda.

prueba de voz

Cuando hablamos, nuestra voz la escuchamos por dentro. Es decir, nuestras cuerdas vocales vibran y el sonido llega directamente a nuestros oídos en esa caja de resonancia que forman la garganta y la cabeza, con sus huesos y músculos. «Desde dentro» nos escuchamos con un tono algo más grave, nos llega un sonido más familiar, más íntimo si me permitís la expresión. Pero la voz que escucha el receptor es, como hemos visto, diferente en matices. Y nuestra grabación será la evidencia.

 

¿Podemos educar la voz? ¡Claro que sí! Muchas veces hemos oído aquello de «tengo una voz fea». Es posible que nos refiramos a que no disponemos de esa voz radiofónica o de doblador de cine. Pero quizá estemos buscando una excusa. Es como la capacidad de vestir elegante, nada tiene que ver con ser más o menos atractivos físicamente.

 

¿En qué consiste la educación de nuestra voz? Podemos indagar en los aspectos más básicos:
1- Vamos a grabar nuestra voz leyendo, por ejemplo, una noticia del periódico. Cuando nos escuchamos, ¿nos oímos rápidos o lentos? ¿Nos comemos algunas palabras? ¿Hemos respetado las pausas de las comas y del resto de la puntuación? Todos estos detalles, y algunos más, son importantes. Pero acabamos de plantear ya algunas cuestiones básicas para que nuestra voz gane en personalidad y presencia: tono, ritmo y pausa.

 

2- Tono. Nuestra voz puede ser tal vez aguda en exceso o demasiado grave. O quizá de tono medio. En cualquier caso, deberemos buscar un tono que se adapte a cada circunstancia. Una reunión de negocios, una entrevista de trabajo no es igual que tomar un café con una íntima amiga o una comida familiar. Es fundamental para ganar en presencia que encontremos en el tono la manera de que nos entiendan bien. Si observamos en nuestro interlocutor una expresión rara, tal vez estemos hablando alto o muy bajo y no nos entiende nada.
hablando altoEs nuestra misión  hacernos entender de un modo adecuado. Y escucharnos en esas grabaciones de prueba nos hará descubrir matices interesantes que quizá desconocíamos. Probemos a hablar un poco más lento de lo que solemos hacerlo. Luego leamos algo con un poco de velocidad. ¿En cuál de las pruebas nos sentimos mejor? También podemos enseñárselas  a un familiar o un amigo para saber su opinión.

 

2- Ritmo. No me refiero a esa celeridad tan habitual de los locutores y locutoras en los 5 minutos de noticias cada hora en punto. O a la de los artistas de los monólogos. Pero si encontramos el ritmo adecuado a nuestra voz habremos conseguido un paso importante. Por supuesto sin comernos letras y cuidando determinadas expresiones coloquiales que, según en qué circunstancias, pueden dar de nosotros mismos una imagen poco seria o relajada en exceso. Un ritmo de voz pausado siempre es elegante. Damos imagen de personas reflexivas, que pensamos lo que decimos. No tiene que ver con voces bonitas. ¿verdad?. Y precaución: hablar pausado no es hablar lento. Podemos desesperar a nuestro interlocutor si hablamos como si caminásemos sobre cristales.

 

3- Pausa. Para revestir con detalles y matices al ritmo de nuestra voz, hemos de respetar las pausas. Al grabarnos leyendo esa noticia o un párrafo de una novela nos encontraremos los signos de puntuación y es fundamental respetarlos. Al hablar permanecen invisibles, es cierto. Pero estarán presentes en forma de pausas. Podemos observar cómo las matizan en la radio, en las noticias. Pareciera que en cada frase «entre comas» hubiera un pequeño cambio de tono en la locución. Imitémoslo. No es necesario ni recomendable perderse en un bosque de pausas. Terminaremos perdiéndonos nosotros y nuestro receptor se cansará. Frases cortas, sin complicarnos pero elegantes. Con las pausas adecuadas. Y no está de más preguntar de vez en cuando si nos estamos explicando bien. Damos a la otra persona una sensación de interés muy positiva.
No nos cansemos de practicar y de ensayar, a solas o con amistades.
ensayo de voz