Apología de la sorpresa: Iron Maiden y las redes sociales

¡Cómo cambian los tiempos! En los ochenta se prohibía entrar a un concierto con cámara de fotos o grabadora. Los furtivos que conseguían colarlas nos regalaron, benditos sean, grabaciones piratas muy placenteras. Hoy, sin embargo, los modernos smartphones sustituyen a las llamas de los mecheros y, además, nos permiten compartir en segundos, de un lado al otro del mundo, cada canción, cada detalle de los músicos.

Sin duda, con tanta información al alcance de un clic, nos hacemos «spoiler» los unos a las otras constantemente. ¡Qué palabra! ¡»Spoiler»! Lo que ha sido toda la vida jod… jorobarte la sorpresa. Ayer la mayoría ya iba al concierto de Iron Maiden en Madrid, en el nuevo estadio del Atleti, sabiendo lo del avión al empezar el show, el orden de los temas, los cambios de escenario, etc. La información corría como la pólvora desde antes de entrar y en las redes sociales.

Foto: EuropaPress

Por mi parte, esta vez conseguí meterme en una burbuja de ébano para no ver ver nada en YouTube ni que mis mejores amigos me pasaran información. Creo que la ilusión de adolescente que aún nos queda (y que nunca nos debería abandonar) se hace más fetiche así: con la sorpresa. Y mirando de izquierda a derecha veía a algunos pirados como yo. Los descubrí por cómo abrían los ojos o la boca cuando Steve Harris y sus chicos entonaban los primeros acordes de tal o cual tema. ¡¡Van a tocarlo!!

La ilusión y la sorpresa son reacciones químicas maravillosas que nos regala el cerebro cuando lo alimentamos antes con pequeñas (grandes) cosas: música, reuniones con amigos, cine, cuentos o leyendas. Están escondidas a la espera que algo encienda la mecha. Y ayer ese milagro intergeneracional que es el Rock lo consiguió. Aunque también un estreno de cine, un libro que no puedes dejar de leer o conocer a alguien interesante. ¡Y en las redes cuando son de verdad sociales! En fin, hoy quise hacer apología de la sorpresa y lo mismo le hice «spoiler» del concierto a alguien de otro país. ¡Qué desastre!

 

La puerta de casa

Muy feliz año 2018 a todos, desde La Antena de mi Cuarto, con mis mejores deseos. Han pasado unas semanas desde la última actualización del blog. Entre los podcast para «El Vagón 85» y «San Antonio Abad Radio» pero, sobre todo, el último empujón al libro de relatos que estoy escribiendo, ha podido parecer que estaba ausente. Y no valen excusas. Pero nada más lejos de la realidad. Como a buen seguro os pasará a vosotros, a veces falta tiempo hasta para respirar. Sin embargo la vida no deja de dar vueltas. Lo vemos en Google, en los telediarios, ¡no digamos ya en whatsapp! Y tal vez olvidemos a una de las fuentes de información más lapidarias: la puerta de casa.

Recuerdo un 20 de noviembre de 1975. En apariencia un día de colegio normal para los niños de entonces. Y sin embargo, la puerta de casa se abrió para que nuestra vecina Carmen entrase con una información importante. Mi madre habló con ella entre susurros y, después de cerrar, apareció por la cocina  y me dijo con voz muy seria: «Hoy no hay cole, se murió el Caudillo«. Luego pusimos la tele y apareció Arias Navarro con el ya histórico: «Españoles: Franco…ha muerto». Pero la noticia nos la dio mi vecina.

Otra fecha interesante. 23 de febrero de 1981. En casa de mis padres la televisión era uno más. Y aquella tarde estábamos viendo en la primera cadena, «La Mansión de los Plaff«, cuando de pronto se abrió la puerta de casa y apareció mi hermana («¡Hay un Golpe de Estado!«), con un señor que no conocíamos de nada, bastante preocupado. Nos pidió usar el teléfono para llamar a sus familiares y darles fe de que estaba bien. El tipo era taxista y, en el trayecto de traer a casa a mi hermana, escucharon por radio la famosa emisión en directo de la Cadena SER con la entrada a las Cortes de Tejero y su «¡Quieto todo el mundo!». De nuevo la información llegó por la puerta de casa.

Hoy el mundo ha cambiado tanto como si viviéramos en otro planeta. Estamos sometidos a una saturación informativa no siempre fiable, a través de unos aparatos que en aquel entonces nos hubiesen parecido de procedencia extraterrestre. Y hay quien dice que cada vez nos comunicamos menos de tú a tú, mirando a la gente de frente, de puerta a puerta. Debo decir que mi vecina Carmen, la del desayuno con la muerte de Franco, sigue al pie del cañón y la fiabilidad de sus fuentes, intacta. La puerta de casa, el vecindario, la tienda de abajo, la farmacia quizás no sean «apps» con emojis, pero la gente con experiencia siempre será un generador de información muy valioso. La vida pasa por allí. Levantemos la cabeza del móvil.