Deberían volver los cinestudios y la cultura en pantalla grande

Sé que es una utopía, más aún después de que muchos cines y teatros se hayan visto obligados a cerrar por la crisis, los cambios de costumbres, la tecnología, los precios y tantas cosas más. Pero el Cine se dio a conocer aquel 28 de diciembre de 1895 en París para verlo en pantalla grande. Los hermanos Lumière, Edison, Méliès o Muybridge soñaron con imágenes en movimiento que luego directores como Murnau o Browning convirtieron en Arte. Años más tarde las cuadrigas de Ben-Hur y las naves del Imperio Galáctico cruzarían las pantallas de lado a lado.

Cine Ideal. Palacio del Terror. Años 80.
Cine Ideal. Palacio del Terror. Madrid, años 80.

En los cines de barrio, con programa doble, he pasado algunos de los mejores momentos de mi vida. Y seguro que coincides conmigo si ya peinas algunas canas. Había que conocer de vista al acomodador para que hiciera precisamente la vista gorda y te dejase entrar en aquellas películas de Zombis, clasificadas «S», porque si no tenías 18 años te quedabas fuera. Pero poco a poco, empezaba a suceder algo. Te quedabas con nombres de actores, directores, que luego eran el motivo perfecto para charlar con más gente y compartir una cerveza o un café.

cine de programa doble
Cine París, Madrid, con programa doble

Entrabas a formar parte de una red «secreta», la del Cine Covadonga (el «Covacha») y cine-estudios como el Fantasio, el Groucho o el Dúplex. Había más. Casi todos con su programación mensual, en fotocopia, que podías quedarte al entrar. Así, sesión a sesión, nos fuimos haciendo aprendices de cinéfilos. Hablo de Madrid que es mi ciudad pero seguro que en la tuya había otros lugares, otros nombres especiales y más anécdotas que me gustaría que nos contases en los comentarios.

Programa del Cinestudio fantasio, 1985.
Programa de mano Cinestudio Fantasio. 1985.

Deberían volver los cinestudios, los cines de barrio con programa doble, fomentarse los cine-fórums, las mesas redondas. Sentir de nuevo en las manos ese folio con la programación mensual, en fotocopia, que te daban al entrar. Lo importante también era ver cómo se reforzaban viejas amistades a través del cine o cómo nacían otras nuevas. Sin las nuevas tecnologías, es cierto, jamás habríamos tenido acceso a documentos que durante años fueron patrimonio de filmotecas y colecciones privadas. Pero hay lazos y sensaciones que no pueden estrecharse si no es de manera presencial. ¿A que a ti también te gustaría que regresaran aquellos cines?

La luz silenciosa

Me encantan las puestas de sol, los crepúsculos. Seguro que a vosotr@s también. ¿Quién no se dejaría seducir por ese instante mágico? Mi amiga Carolina me contó una vez que en la playa de Ipanema los bañistas aplauden al sol cuando se oculta. Luego están los ocasos de las montañas con la niebla bajando como en una confabulación secreta que muy pocos entienden. También hay anocheceres mágicos y entonces es posible que la maldición persiga a los amantes, él se convierta en lobo y ella vuelva a su forma humana tras pasar el día como un halcón.
Atardecer en Los Alpes
Atardecer en Los Alpes
Estábamos en una aldea del sur de Francia. Recuerdo que un amigo de un lejano país me acercó una cerveza, y mirando al cielo que anochecía, dijo: -«La hora sagrada». Nos quedamos en silencio, como forma de respeto hacia aquella luz misteriosa que, por momentos, agonizaba. ¿Dónde escuché aquella historia del coleccionista de atardeceres? ¿O era una canción? No recuerdo. Pero sería estupendo poder coleccionarlos y recordar los pensamientos que vienen y se van con ellos, como hijos olvidados.

 

En el Pantano de Buendía vivimos anocheceres fantásticos. También en las escolleras de la playa de Miramar, en Ciudad Madero, México, con las toninas (parecidas a los delfines) bailando en la desembocadura del río Pánuco. Espero vivir muchos más, con mi mujer, con mis mejores amigos, con las presencias que miran desde Arriba y siempre sonríen, entre brumas, en el abismo elevado de la luz silenciosa.
Ocaso en el Mar Báltico
Ocaso en el Mar Báltico

Las pequeñas cosas

La sencillez de las pequeñas cosas hacen especiales los buenos momentos. Compartidas. Casi anónimas. Sin necesidad de boato ni de fechas marcadas. Hijas de lo inesperado, que se conservan como pequeños tesoros del tiempo. Exigen su «derecho de admisión» frente a los vestidos de una noche o los trajes de disfraces. Son miradas, besos y anocheceres. Son indispensables. ¿Os sentáis conmigo?.

 

Las pequeñas cosas