Sugerencias para empezar un podcast desde cero

Escuchas la radio con avidez, sigues podcasts con entusiasmo y ya son unas cuantas las veces que te has planteado: ¿Y por qué no podría hacer yo algo así? Por supuesto que puedes, es más, debes. Si llevas algo dentro con ganas de salir, lo mejor es no darle cancha a la duda. ¡Ánimo! Me gustaría sugerirte algunos pasos e ideas para hacer más efectivo el primer envite.

1) Preocúpate por la originalidad y creatividad. Ya habrá tiempo para pulir cuestiones técnicas y de aparataje. Lo más importante es que tu podcast sorprenda y enganche desde el primer programa. Eso lo conseguirás con audacia creativa y una información que genere interés. Tienes unos referentes pero no los imites. Piensa en lo nuevo que tú puedas ofrecer.

2) No subas a la red un trabajo plagado de fallos de sonido. Nadie lo escuchará y una primera mala impresión puede ser lapidaria. Cuida que no haya ruido de fondo ni de estática. Que tu voz no suene demasiado alta ni la música sature. Más vale ir pausado que muy rápido al hablar. Estás de estreno, ya habrá tiempo para encontrar el ritmo que mejor convenga a tu podcast.

3) Trastea con un programa de edición de sonido hasta sentirte al mando. Una manera sencilla de empezar es con el editor Audacity. ¿Qué necesitas? Tan solo auriculares, un micro y música en formato digital. El editor sustituye en pantalla a la mesa de sonido para cualquier operación: subir o bajar micro y música, hacer mezclas, efectos, etc. Un tutorial muy bueno en YouTube donde lo explican rápido y sencillo: https://www.youtube.com/watch?v=qToqbeZ4xqk.  

4) Ten siempre un guion. A no ser que manejes un don natural, improvisa lo justo. Al principio el guion es imprescindible. Hay muchas maneras de hacerlo. Para ti, lo importante es tener claro y ordenado dónde entra la voz, dónde sube y baja la música. Un ejemplo de guion:

Fuente: Radio Universidad de Chile.

5) Enemigo número uno: la monotonía. Marca en el guion con diferentes colores las frases donde debes dar matices y ritmo en la locución. Servirá para poner puntos y comas invisibles con tu voz y que el oyente te siga. Por ejemplo: «No olvidemos, como tantas veces insistía el autor, en comprender el contexto«. También puedes subrayar, acotar, etc. Hazlo a tu manera para lograr que tu voz no suene monótona.

6) Toma el podcast como un reto personal pero también como un compromiso hacia tu audiencia. De nada servirá lo bueno que seas si no ofreces información de calidad. Lo importante es comunicar, no el ego. ¡Mucha suerte!

 

 

La música nos despierta

Seguro que habrá quien me entienda y subraye conmigo que la música es imprescindible en su vida. No es fácil explicarlo pues nos meteríamos en el mundo de los sentimientos y lo subjetivo. La música de alguna manera canaliza mi energía. Como un cofre que puedo abrir cuando lo necesito y escoger el diamante adecuado, el que me revitaliza o adormece. Hay canciones que son auténticos marcapasos, que no te cansas de escucharlas porque son como esa frase de tu mejor amigo que llega en el momento adecuado con las palabras justas.

Decía el pintor francés Eugene Delacroix que «la música es la voluptuosidad de la imaginación«. En mi experiencia de 33 años en la radio, desde el primer día, la música siempre ha ocupado y ocupará un papel protagonista. No conozco otro poder evocador mayor que el suyo.Te arropa, te arrastra, te lleva en volandas, te sugestiona y te recrea. En antena, es la alidada perfecta de las palabras, las reviste de sonoridad y ofrece ritmo único a cada presentación. Con las nuevas tecnologías podemos abrir el cofre en cualquier lugar, en cualquier momento.

Hace algunos años en México, disfrutando uno de esos almuerzos interminables, conversaba con la familia de una joven violinista que forma parte de un mariachi. Su abuela, que estuvo muy observadora durante toda la platica, sentenció: «La música es el lenguaje universal«. No puede ser más cierto. No solo derriba la Torre de Babel,  tampoco conoce fronteras. Ni estilísticas, ni geográficas ni ideológicas. Simplemente llega para quedarse, en una dulce y sutil invasión de los sentimientos.

Todas las semanas hago un programa de música rock que se llama El Vagón 85. Lo subo a la plataforma «ivoox» y hay gente muy amable que lo escucha y deja sus comentarios. De alguna forma se produce una interconexión de sensaciones mucho más valiosa que la noticia de actualidad o la demostración de conocimiento. En continua ebullición o dormida, la música despierta de su letargo o revoluciona la intención común y maravillosa de compartir la emociones.

Antes hablé del rock pero cada uno tiene su evasión favorita. La música que te alegra la vida y te hace sentir especial. No dejes de disfrutar y motivarte con ella. Descubre aristas todavía desconocidas, cierra los ojos y deja que te lleve muy lejos. ¿Me contarás hasta dónde cuando regreses?

El corazón de la radio y la radio de verdad

La radio no necesita presentación. ¿ O sí? Tal vez lo primero que nos venga a la cabeza sea ese aparato multiforme, cada día menos atractivo, por donde escuchamos cosas. Me dirán que es una definición simplona, lo admito, pero se acerca a la realidad. A veces esas cosas son geniales, inolvidables… y otras, puras memeces. Pero todas son radio. La misma que Gila quiso inventar «en color» o donde emitió, aquel discurso histórico a su país, el Rey Jorge VI para anunciar que Inglaterra declaraba la guerra a Hitler en 1939.
Si la radio no contagia emoción, no es radio. Hoy día la modernidad tecnológica y las redes sociales se han apoderado de algo que era único de la radio: la inmediatez. Pero la radio debe seguir jugando sus bazas, no puede quedarse dormida. ¿Y cuál es la mejor de ellas? La de siempre: crear imágenes invisibles en la imaginación del oyente. Llevarlo en volandas en un carrusel de palabras y atmósfera. No estoy hablando de velocidad sino de sensaciones. Y cuando se consigue, es un arte.Pocas veces he sentido más vértigo que al entrar en un estudio para emitir en directo. Llevar el guion de una relato que había escrito y ensayado muchas veces en mi cuarto, con el tocadiscos (los CD y YouTube llegarían después). Cuando con los compañeros de control nos mirábamos haciéndonos señas. La música entraba por los cascos y más adentro la adrenalina. Con esa inquietud que acompaña al compromiso, a no ser una simple voz por las ondas. La razón última era transmitir.
La radio carece de sentido si no llegas al oyente, si no consigues hacerle partícipe de ese momento, compartiendo el mismo vértigo. Igual que si fuera uno más del equipo. Sabemos que los formatos han cambiado. Con la nueva era del podcast, el oyente no está obligado a prestar la misma atención, como cuando el mensaje de la vieja radio se perdía en el éter. Uno puede descargar el programa, escucharlo y volver atrás las veces que quiera. Pero nos confundiríamos si eso conlleva bajar la guardia.
En podcast o en cualquier formato, la radio debe seguir siendo radio. Con sus tiempos y su ritmo. Si no intuyes al controlador de sonido subir y bajar las pistas como si dibujase líneas de encefalograma, difícilmente habrá emoción. Si no cuidamos la atmósfera que crea la música, no tendremos complicidad con la audiencia, no lograremos sacarla de viaje. Y si no transmitimos sinceridad y compromiso, lo estaremos haciendo muy bonito, pero no será radio. La misma que nos enganchaba años atrás, sin que pudiéramos desviar la atención.

Debemos poner las nuevas tecnologías al servicio de la creatividad, la información, la cultura y el entretenimiento. Pero recuperando esa sensación de inmediatez. Transmitir a la audiencia el mensaje de: «OK, me puedes descargar y escuchar las veces que quieras, pero si esta primera vez no lo haces del tirón, en algo me habré equivocado«. Eso es la radio, el corazón de la radio. Que siga latiendo para disfrute de muchas generaciones.

 

 

 

 

 

 

La evolución del miedo

Recuerdo antes de la adolescencia haber pasado bastantes noches sin dormir por culpa de una película de terror: «Kung-Fú contra los 7 Vampiros de Oro». Mi padre me llevó a verla al cine del barrio creyendo que sería otra de Bruce Lee. Y para nada. Era una joyita con mordiscos a tutiplén, sadismo, sangre burbujeante y decapitaciones.

Uno de los 7 vampiros de oro. Hammer Films

Luego cuando empecé a hacer radio, con 17 primaveras en la mochila, me impresionaban otras cosas: historias de casas encantadas, psicofonías o subir en el coche a una chica que hacía autostop y que desapareciese del asiento unas curvas después. Aprendí también sobre la sugestión, de cómo los sonidos y las voces nos podían llevar a estados de ánimo de alta tensión. Y participé activamente desde el micrófono. Fue mi particular venganza.

Foto: Javier Rodríguez

Sin embargo, ¡qué inocencia! De intuir lo que llegaría después, hubiese hecho un curso acelerado de terror social. Hoy, por ejemplo, me dan más miedo otras cosas que seguro comparto contigo:
– Me aterra conducir y ver al volante psicópatas que no respetan las normas más básicas.
– Me da pavor abrir Twitter y descubrir que es tendencia «Gran Hermano VIP» con docenas de miles de mensajes.
– Me horrorizan bastantes políticos y sus devotos seguidores cuando carecen de autocrítica y empatía social. Verlos hablar con la boca llena del progreso, la libertad o los valores sin respeto ni tolerancia hacia quienes no piensan como ellos.
– Me paraliza la idea de sufrir dolor o de verlo en la gente que más quiero. El maltrato a cualquier ser vivo.

Foto: Adina Voicu

Inquieta esa evolución de los miedos. Verla interiorizarse en nuestro yo, echar raíces profundas sepultadas por la experiencia. Tal vez siga siendo el mismo ingenuo, o sigamos, a la vista de quienes persiguen objetivos siniestros y para los que somos marionetas necesarias. Que hoy continuemos evocando la cultura como vía de solución y escape a estos miedos es una inquietud en sí misma. ¿Cuántas generaciones, cuántas vidas necesitaremos para ser de verdad cultos y tolerantes?

El actor Peter Cushing en «Kung Fú y los 7 Vampiros de Oro».

Orson Welles y la Guerra de los Mundos: 80 aniversario

Sucedió el 30 de octubre de 1938, en víspera de Halloween. Se cumple pues el 80 aniversario de aquella emisión dirigida por un joven Orson Welles (23 años tenía), en la cadena de radio estadounidense CBS. Se trataba de hacer la adaptación radiofónica de una novela:: «La Guerra de los Mundos», de H.G. Wells. La dramática invasión de la Tierra por una civilización alienígena.

 

No era tarea fácil. En aquellos años los programas se emitían en directo, en grandes estudios, sin cabinas. En este caso fue en el Teatro Mercury. En 1938, el cine vivía su primera época dorada. Cinco años antes, King Kong había asombrado a miles de espectadores por su audacia con los efectos especiales. Sin embargo, la radio en ese terreno apenas estaba «echando a andar». Por tanto aquella noche de radio y ciencia ficción era todo un desafío profesional para desarrollarlo con credibilidad. Sin embargo nadie pudo ni siquiera intuir lo que iba a suceder.
Orson Welles en plena locución de "La Guerra de los Mundos", 1938
Orson Welles en plena locución de «La Guerra de los Mundos», 1938
La emisión duraría una hora. Desde el inicio se hizo la advertencia a los oyentes de que se preparasen para escuchar un relato ficticio, una dramatización. El guion dispuso el tratamiento de los hechos en forma de noticiario. Orson Welles actuaba en el papel de Pierson, el científico que trataba de explicar los sucesos según avanzaba la invasión extraterrestre. Hasta ahí todo según lo previsto. Las voces de los actores se combinaban con ingeniosos efectos sonoros que posteriormente pasarían a la historia y se usarían durante décadas en emisoras de todo el mundo.

 

En los años 30 la radio perdió cierto protagonismo frente al cine, aunque continuaba siendo una referencia fundamental en todas las familias, que se sentaban frente a sus transistores para seguir a diario las noticias y los programas de entretenimiento. Muchos oyentes escucharon a Welles desde el comienzo. Pero hubo también muchos que se engancharon el programa ya empezado, sin oír la advertencia del inicio. Podemos imaginar su monumental sorpresa: un pavoroso boletín de última hora no deja lugar a dudas ¡Nos invaden los marcianos!. Quizás hoy nos sorprenda su ingenuidad, pero debemos situarnos en aquel tiempo, diferente al actual.
Orson Welles
Welles en otro momento de la retransmisión de 1938
Así fue. Miles de estadounidenses, confundidos ante aquella dramatización perfectamente locutada y con audaces efectos de sonido, se creyeron que su país y todo el planeta estaban cayendo bajo las mortíferas armas de naves alienígenas colosales. Según las crónicas, a la media hora de empezar la narración, empezaron a llegar llamadas de ciudadanos alarmados a la CBS y a la policía. Esto obligó, a un aturdido Orson Welles (aunque sospechamos que feliz por el efecto generado) a cortar por unos instantes la emisión, aproximadamente en el minuto 40, para aclarar de nuevo que todo era un «simple» relato radiofónico. Después, se continuó con el programa. Faltaban aún cerca de veinte minutos.

 

Distintas fuentes aseguran que se produjeron escenas de histeria en las grandes ciudades. Se bloquearon con llamadas de auxilio las centralitas de la policía, de los  bomberos y de los principales periódicos. En algunos artículos incluso se habla de suicidios. Al día siguiente muchos ciudadanos protestaron por lo que consideraron una broma de Halloween irresponsable.

 

Lo que sí quedó claro desde aquella noche histórica, fue la trascendencia de la radio como medio de comunicación de masas. El relato radiofónico, como género, salió reforzado para siempre y durante décadas se utilizó en todas las emisoras del mundo. Los seriales también iban a experimentar un gran éxito. ¿Y Orson Welles? Los «cazatalentos» ya le habían confiado antes obras importantes para la radio. Aunque lo mejor estaba por llegar. Tres años más tarde, Welles asombraría de nuevo, ya al mundo entero, dirigiendo su primera película: Ciudadano Kane. La foto promocional transmitía una particular evidencia. Los medios de comunicación, a sus pies.
Orson Welles en "Ciudadano Kane", 1941
Orson Welles en «Ciudadano Kane», 1941