Dorian Gray y el país del desencanto

Seguro que conoces El Retrato de Dorian Gray. Esa novela que Oscar Wilde publicó en 1890, donde un tipo, engreído y narcisista, no envejecía. Se mantenía siempre joven porque un retrato suyo envejecía por él. Con cada uno de sus pecados, la pintura se pudría; por cada vileza, los rasgos se transformaban; con cada crimen, el lienzo se descomponía.

Oscar Wilde, 1882.

Wilde quiso representar los vicios de una sociedad, hipócrita y envilecida, en una sola persona. Hoy ya pasaron dos finales de siglo desde entonces: XIX y XX. Los cuadros se reconvirtieron en pixeles, pantallas y dispositivos que, a diferencia del cuadro de Dorian, no podemos esconder en el desván. Los tenemos delante de nuestras narices, a diario, para contemplar atónitos cómo circula el odio, el rencor y el desafecto.

Dorian Gray llevado al cine.

Siempre he pensado que lo mejor de la sociedad era la gente. Que más allá del arte y de los genios, latía un corazón anónimo y global con más cosas en común que discusiones. Y que las redes sociales, en esta Era de la Comunicación, coserían definitivamente ese tejido común, el suelo de todos.

Pero ni siquiera con un drama como el del coronavirus nos ponemos de acuerdo. Y además renacen los mismos viejos odios. Las mismas y endémicas disputas de las dos Españas. ¿Qué nos está pasando? ¿O es que una minoría ruidosa de «trending topics» silencia en las redes a una mayoría desconcertada? También podría ser.

Duelo a Bastonazos. Cuadro de Goya.

Dos finales de siglo después, con semejante desastre por delante, el retrato de Dorian Gray de las dos Españas sigue descomponiéndose. Y a bastonazos como en el cuadro de Goya, nuestra cara más negra se lava los ojos con lejía, mañana tras mañana, para no madurar nunca.

 

La crítica facilona

Reconozco que vivo bastante al margen de las modas. No creo que haya que renunciar a lo viejo (eso que ahora llaman «vintage») si continúa siendo enriquecedor, ni poner en cuarentena lo nuevo tomándolo como una amenaza. Hay que ser observador, tener curiosidad siempre y dejarte llevar un poco. No hay reglas escritas para interpretar la realidad. Miramos a través de una ventana donde la cultura, la experiencia, el día a día, nuestro temor o nuestro atrevimiento, nos empañan o nos aclaran la visión.


Con internet tenemos un ventanal abierto que, en igual medida, abre o encorseta opiniones y desencuentros. No hay chincheta que se caiga de la pared sin que surjan voces críticas o de apoyo, que luego varían su postura según de qué pared caiga la chincheta. A la hipocresía y al cinismo de la Red nos hemos acostumbrado muy rápido. También al elevadísimo número de especialistas que demuestran su docta sabiduría sobre cualquier temática, sea la que sea, antes limitada a 140 caracteres y ahora a 280. Dios salve a Twitter.

La crítica enriquece cuando aporta alternativas (viables o experimentales), cuando usa la lógica frente a las marañas doctrinarias, cuando construye suelo común, cuando es interesante y no demagoga, cuando no es un mero lanzallamas a base de clichés. La crítica no solo es necesaria, es también imprescindible para abrir nuevas rutas y puertas de salida a una sociedad alucinada por la tendencias. Y se convierte en maravillosa cuando pulsa teclas que nadie había tocado antes.

Hemos alunizado en este mundo virtual para quedarnos y transformar bases que hasta hace poco creíamos inquebrantables. Nos han puesto en la mano a cada persona un altavoz que permite hacernos oír (ojo, y también escuchar). En cada cual late la apuesta de participar con valentía, creatividad, con vocación de aportar. Del otro lado, la crítica facilona se disuelve como un azucarillo y le baila el agua a quienes manejan de verdad los hilos de la influencia, las tendencias y el dogmatismo.

 

 

 

 

La sociedad zombi y las tendencias en redes sociales

El 16 de julio pasado fallecía en Toronto, Canadá, el director de cine George A. Romero, un gran tipo con una visión especial tras la lente de la cámara. Lo demostró en 1968 cuando filmó aquella barbaridad para la época, «La Noche de los Muertos Vivientes», y que el tiempo hizo justicia transformándola en un clásico.

George a. Romero en una foto publicitaria de sus películas de zombis.

Pero detrás de aquellas escenas truculentas que escandalizaron y abrieron nuevas caminos en el cine fantástico a partes iguales, hay una crítica social que muchas veces se olvida. Una idea que, viajando en el tiempo, cobra fuerza y sentido en nuestros días: la cosificación de los gustos, la globalización de las modas, el consumismo aglutinador y el sectarismo en las ideas.
Vivimos en la sociedad de las tendencias: en moda, en audiencias, luchamos por hacernos notar donde la opinión se masifique. Esa obsesión por figurar, que ahora se llama «postureo», y que pocas veces informa o propone algo diferente. Participamos del consumismo alimentando nuestro ego sin sospechar que acabamos siendo el producto. Las cobayas perfectas y además geolocalizadas, en mitad de una batalla por dominar eso que llaman la diplomacia digital en Twitter: convencerte de qué es lo importante para que sea igual de importante para ti. Y si luego también les votas, entonces, jugada perfecta.

George A. Romero dibujó una sociedad en sus películas de terror donde los zombis empezaron siendo los «extraños», para ir evolucionando, a través de una saga de seis largometrajes, hacia una re-humanización de sus sentidos. Mientras, los «vivos» degeneraban hacia su cara más irracional, racista y sectaria. Haciendo una paralelismo, casi una biopsia sociológica, con el cambio de Era del siglo XXI, nunca la humanidad nos encontramos tan amparados y, paradójicamente, tan expuestos en las redes sociales. Jamás estuvimos tan informados y, al tiempo, tan manipulados. Somos los nuevos ciber-zombis.

Hay quienes viven felices con esta situación y no piensan más que en adquirir el último modelo de dispositivo móvil para adaptarse mejor a los nuevos tiempos. También ya hay quienes empiezan a sentir la necesidad de desengancharse de las redes y reorganizar su tiempo. Pero eso es la punta del iceberg. Lo trascendental sería darnos cuenta de hasta qué punto nos manipulan para que actuemos y opinemos en tendencias de forma globalizada, cronometrada, mimetizada e ideológicamente sesgada. Cada día se pone en marcha un marketing, un protocolo en el que, antes o después, con nuestro ideario, nuestra compra o nuestro comportamiento, terminamos «picando».
Desmárcate. No seas un ciber-zombi.
Y por supuesto, mil gracias a George A. Romero por hacer unas películas que, cuando inició su ciclo en 1968, tal vez no intuyera del todo cómo iban a acoplar en el contexto de nuestro tiempo.

 

 

La evolución del miedo

Recuerdo antes de la adolescencia haber pasado bastantes noches sin dormir por culpa de una película de terror: «Kung-Fú contra los 7 Vampiros de Oro». Mi padre me llevó a verla al cine del barrio creyendo que sería otra de Bruce Lee. Y para nada. Era una joyita con mordiscos a tutiplén, sadismo, sangre burbujeante y decapitaciones.

Uno de los 7 vampiros de oro. Hammer Films

Luego cuando empecé a hacer radio, con 17 primaveras en la mochila, me impresionaban otras cosas: historias de casas encantadas, psicofonías o subir en el coche a una chica que hacía autostop y que desapareciese del asiento unas curvas después. Aprendí también sobre la sugestión, de cómo los sonidos y las voces nos podían llevar a estados de ánimo de alta tensión. Y participé activamente desde el micrófono. Fue mi particular venganza.

Foto: Javier Rodríguez

Sin embargo, ¡qué inocencia! De intuir lo que llegaría después, hubiese hecho un curso acelerado de terror social. Hoy, por ejemplo, me dan más miedo otras cosas que seguro comparto contigo:
– Me aterra conducir y ver al volante psicópatas que no respetan las normas más básicas.
– Me da pavor abrir Twitter y descubrir que es tendencia «Gran Hermano VIP» con docenas de miles de mensajes.
– Me horrorizan bastantes políticos y sus devotos seguidores cuando carecen de autocrítica y empatía social. Verlos hablar con la boca llena del progreso, la libertad o los valores sin respeto ni tolerancia hacia quienes no piensan como ellos.
– Me paraliza la idea de sufrir dolor o de verlo en la gente que más quiero. El maltrato a cualquier ser vivo.

Foto: Adina Voicu

Inquieta esa evolución de los miedos. Verla interiorizarse en nuestro yo, echar raíces profundas sepultadas por la experiencia. Tal vez siga siendo el mismo ingenuo, o sigamos, a la vista de quienes persiguen objetivos siniestros y para los que somos marionetas necesarias. Que hoy continuemos evocando la cultura como vía de solución y escape a estos miedos es una inquietud en sí misma. ¿Cuántas generaciones, cuántas vidas necesitaremos para ser de verdad cultos y tolerantes?

El actor Peter Cushing en «Kung Fú y los 7 Vampiros de Oro».

La necesidad de gritar

Decía el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela que «todos los hombres que no tienen nada importante que decir, hablan a gritos«. Tal vez el autor de «Eloísa está debajo de un almendro» retrataba esa costumbre tan española de hablar en voz alta muchas veces sin necesidad. En contrapunto, la escritora mexicana Laura Esquivel en su novela «Como agua para chocolate«, hacía referencia  a la angustia del silencio, y sentenciaba: «No quería que sus palabras gritasen su dolor«.

Ambas expresiones seguro forman parte de muchos momentos con los que, sin duda, nos identificaremos. Pero hay una necesidad de gritar. Y no me refiero al grito descabellado, gratuito y sin sentido. Hay veces que el acumular silencios es contraproducente. Estamos en una sociedad donde dar un golpe encima de la mesa, salir del rebaño o cambiar el sentido de la marcha, está visto con cierta desconfianza. Muchas veces gritar no es levantar la voz sino una demostración de actitud.

la necesidad de gritarEs verdad, y tiempo habrá para hablar de ello, que los silencios bien ejecutados son muy poderosos. Sin embargo hay ocasiones en que cerrando la boca, volviendo sobre nuestros pasos o bajando la cabeza, no ganamos nada. Al revés, nos ahogamos bajo una capa de no realización. No es fácil muchas veces decir lo que de verdad pensamos. Quizá el miedo a herir alguna susceptibilidad, a erosionar una amistad o a debilitar nuestra imagen nos hagan volver atrás. Y al mismo tiempo sentimos resentirse nuestra autoestima.

Es el momento de sacar afuera ese grito. De dar ese golpe sobre la mesa aunque no pretenda (o tal vez sí) cambiar el mundo, pero sí que se te oiga bien claro. Hay muchas maneras de gritar:

podcast-Escribe, canta, apúntate a la radio de tu pueblo, haz música, pinta, dibuja, fotografía, fomenta tus habilidades favoritas o aquellas con las que siempre has soñado. Ahora con internet ya no hay excusa. Hay cursos gratis, blogs y foros donde la gente desea compartir sin interés económico. No tengas miedo a equivocarte. De los errores se aprende, más aún si los encuentras por ti mismo.

Ayuda a quien tú lo consideres, en la forma que seas más necesario y productivo hacia otras personas. Saca a la luz tu lado más comprometido.

-Si vas por la calle y lees en una farola un folio sujeto con celofán con ese tema que te interesa, déjate caer por la reunión. ¿Al final te decepcionaste? No importa, una experiencia más y a seguir rodando. O mejor aún, crea tu propio círculo de gente afín y genera cultura con los debates.

Mucho que decir-Me encanta el «meme» de arriba: «Tengo tantas cosas que decir que, si me callo, me salen subtítulos«. Abre un blog, graba un podcast, participa en las redes sociales de un modo equilibrado, serio e ingenioso a la vez, que te haga sentir bien, con ese valor de compartir que necesitas y sacar provecho a los momentos.

Grita, dile al mundo que sigues ahí y que has llegado a esta encrucijada de todos los días para quedarte. ¿Me contarás luego cómo te has sentido? Espero que saques esa energía acumulada hacia fuera. Grita y demuestra tu actitud.

 

¿Cómo educar nuestra voz?

 

La voz es nuestra compañera inseparable durante toda la vida. Forma parte de nuestra personalidad, de nuestro carácter aunque no necesariamente los complementa. Hay personas muy dulces con una voz cavernosa, y auténticos psicópatas disfrazados tras una voz radiofónica. Es importante conocer nuestra voz y las posibilidades que nos ofrece.

 

¿Pero cómo conocerla? Muy sencillo: escuchándonos. O mejor aún, grabándonos. Recuerdo cuando hace muchos años, con el magnetofón de casa, nos gustaba grabar a la familia en los cumpleaños y celebraciones. Lo primero que pensé cuando escuché mi voz en la grabadora fue… «¿esa es mi voz?» No me reconocía. Me oía en aquella cinta de casete más agudo, con un timbre extraño. Seguro que os ha ocurrido igual alguna vez. Y si no, ya es hora de que lo hagáis, por favor. Nuestro Smartphone, un mp3 con el micro del portátil u otro dispositivo nos serán de gran ayuda.

prueba de voz

Cuando hablamos, nuestra voz la escuchamos por dentro. Es decir, nuestras cuerdas vocales vibran y el sonido llega directamente a nuestros oídos en esa caja de resonancia que forman la garganta y la cabeza, con sus huesos y músculos. «Desde dentro» nos escuchamos con un tono algo más grave, nos llega un sonido más familiar, más íntimo si me permitís la expresión. Pero la voz que escucha el receptor es, como hemos visto, diferente en matices. Y nuestra grabación será la evidencia.

 

¿Podemos educar la voz? ¡Claro que sí! Muchas veces hemos oído aquello de «tengo una voz fea». Es posible que nos refiramos a que no disponemos de esa voz radiofónica o de doblador de cine. Pero quizá estemos buscando una excusa. Es como la capacidad de vestir elegante, nada tiene que ver con ser más o menos atractivos físicamente.

 

¿En qué consiste la educación de nuestra voz? Podemos indagar en los aspectos más básicos:
1- Vamos a grabar nuestra voz leyendo, por ejemplo, una noticia del periódico. Cuando nos escuchamos, ¿nos oímos rápidos o lentos? ¿Nos comemos algunas palabras? ¿Hemos respetado las pausas de las comas y del resto de la puntuación? Todos estos detalles, y algunos más, son importantes. Pero acabamos de plantear ya algunas cuestiones básicas para que nuestra voz gane en personalidad y presencia: tono, ritmo y pausa.

 

2- Tono. Nuestra voz puede ser tal vez aguda en exceso o demasiado grave. O quizá de tono medio. En cualquier caso, deberemos buscar un tono que se adapte a cada circunstancia. Una reunión de negocios, una entrevista de trabajo no es igual que tomar un café con una íntima amiga o una comida familiar. Es fundamental para ganar en presencia que encontremos en el tono la manera de que nos entiendan bien. Si observamos en nuestro interlocutor una expresión rara, tal vez estemos hablando alto o muy bajo y no nos entiende nada.
hablando altoEs nuestra misión  hacernos entender de un modo adecuado. Y escucharnos en esas grabaciones de prueba nos hará descubrir matices interesantes que quizá desconocíamos. Probemos a hablar un poco más lento de lo que solemos hacerlo. Luego leamos algo con un poco de velocidad. ¿En cuál de las pruebas nos sentimos mejor? También podemos enseñárselas  a un familiar o un amigo para saber su opinión.

 

2- Ritmo. No me refiero a esa celeridad tan habitual de los locutores y locutoras en los 5 minutos de noticias cada hora en punto. O a la de los artistas de los monólogos. Pero si encontramos el ritmo adecuado a nuestra voz habremos conseguido un paso importante. Por supuesto sin comernos letras y cuidando determinadas expresiones coloquiales que, según en qué circunstancias, pueden dar de nosotros mismos una imagen poco seria o relajada en exceso. Un ritmo de voz pausado siempre es elegante. Damos imagen de personas reflexivas, que pensamos lo que decimos. No tiene que ver con voces bonitas. ¿verdad?. Y precaución: hablar pausado no es hablar lento. Podemos desesperar a nuestro interlocutor si hablamos como si caminásemos sobre cristales.

 

3- Pausa. Para revestir con detalles y matices al ritmo de nuestra voz, hemos de respetar las pausas. Al grabarnos leyendo esa noticia o un párrafo de una novela nos encontraremos los signos de puntuación y es fundamental respetarlos. Al hablar permanecen invisibles, es cierto. Pero estarán presentes en forma de pausas. Podemos observar cómo las matizan en la radio, en las noticias. Pareciera que en cada frase «entre comas» hubiera un pequeño cambio de tono en la locución. Imitémoslo. No es necesario ni recomendable perderse en un bosque de pausas. Terminaremos perdiéndonos nosotros y nuestro receptor se cansará. Frases cortas, sin complicarnos pero elegantes. Con las pausas adecuadas. Y no está de más preguntar de vez en cuando si nos estamos explicando bien. Damos a la otra persona una sensación de interés muy positiva.
No nos cansemos de practicar y de ensayar, a solas o con amistades.
ensayo de voz

 

 

Somos lo que comunicamos

Muchas veces hemos leído la frase «somos lo que comemos». También habría que añadir, «somos lo que vivimos». E incluso, «somos lo que soñamos», dormidos y despiertos. Pero pocas afirmaciones serían tan correctas como la de «Somos lo que comunicamos«.
somos lo que comunicamosEl nuestro es un mundo cicatrizado en exceso por los cánones y los estereotipos, sobre todo de imagen. Algunas y algunos todavía se creen que corbatas, rastas, cuerpos danone, trajes, ropa vaquera, tatuajes o gomina nos dan «pistas» sobre cómo es una persona y de qué pie cojea. ¿Pero cuándo empezamos a conocer de verdad a una persona? Ya puede ser muy ingenioso y seductor el candidato en una entrevista de trabajo que hasta no empezar a trabajar y comunicarse no le empezaremos a conocer en serio.
Nuestra verdadera caraNo me refiero a que rellenemos con honestidad nuestro currículo,  voy más allá. Ahora nos enfrentamos a diario a una actualizada versión de «Jekyll y Hyde», los personajes de Stevenson. Las personas tenemos un «yo» digamos íntimo y, en muchas ocasiones, hemos creado otro «yo» tecnológico. Con internet hemos democratizado la información, hemos levantado las barreras de la comunicación que antes solo podíamos vencer con largos viajes y pasaportes. Podemos mantener conversaciones a tiempo real con la otra parte del mundo, como no imaginábamos hace 30 años.

177H

Y sin embargo, estas posibilidades maravillosas las administramos a menudo a través de aplicaciones y foros a los que entramos utilizando «nicks», alias, sobrenombres, etc. Necesitamos preservar nuestra intimidad cuando hablamos e intercambiamos confidencias con gente que no conocemos de nada. Lo que sería impensable (o muy complicado) en una cafetería o en un parque, el anonimato con el nos parapetamos tras la tecnología nos anima a ello. En cierta forma nos abrimos al mundo con un disfraz, nos limitamos al tiempo que nos creemos más libres.

incomunicado

No soy un crítico de los chats, los foros, para nada. He conocido en ellos a personas estupendas que ahora son grandes amigos. Pero siempre llegó el momento de enfrentarse a un punto de inflexión: el cara a cara. Y aquí vuelvo al inicio de esta nota. En cuanto apagamos el dispositivo, debemos afrontar nuestro modo de comunicación natural. Ya sé que ahora hay reuniones de cafetería con todo el mundo «smartphone» en mano. Es inevitable. Sin embargo el  momento clave siempre llega, tarde o temprano.
cara a cara Somos lo que comunicamos. Nuestra presencia, el tono de voz, nuestro vocabulario, nuestros gestos y lenguaje no verbal. No hay tarjeta de visita ni currículo que supere a esta carta de presentación. Ya podemos llevar el mejor traje, el vestido más caro o invitar a la otra persona al restaurante de moda, que si nuestra manera de comunicar no le convence, habremos pinchado en hueso. No habrá nicks, ni icons ni memes. Es la hora de la palabra.