La crítica facilona

Reconozco que vivo bastante al margen de las modas. No creo que haya que renunciar a lo viejo (eso que ahora llaman «vintage») si continúa siendo enriquecedor, ni poner en cuarentena lo nuevo tomándolo como una amenaza. Hay que ser observador, tener curiosidad siempre y dejarte llevar un poco. No hay reglas escritas para interpretar la realidad. Miramos a través de una ventana donde la cultura, la experiencia, el día a día, nuestro temor o nuestro atrevimiento, nos empañan o nos aclaran la visión.


Con internet tenemos un ventanal abierto que, en igual medida, abre o encorseta opiniones y desencuentros. No hay chincheta que se caiga de la pared sin que surjan voces críticas o de apoyo, que luego varían su postura según de qué pared caiga la chincheta. A la hipocresía y al cinismo de la Red nos hemos acostumbrado muy rápido. También al elevadísimo número de especialistas que demuestran su docta sabiduría sobre cualquier temática, sea la que sea, antes limitada a 140 caracteres y ahora a 280. Dios salve a Twitter.

La crítica enriquece cuando aporta alternativas (viables o experimentales), cuando usa la lógica frente a las marañas doctrinarias, cuando construye suelo común, cuando es interesante y no demagoga, cuando no es un mero lanzallamas a base de clichés. La crítica no solo es necesaria, es también imprescindible para abrir nuevas rutas y puertas de salida a una sociedad alucinada por la tendencias. Y se convierte en maravillosa cuando pulsa teclas que nadie había tocado antes.

Hemos alunizado en este mundo virtual para quedarnos y transformar bases que hasta hace poco creíamos inquebrantables. Nos han puesto en la mano a cada persona un altavoz que permite hacernos oír (ojo, y también escuchar). En cada cual late la apuesta de participar con valentía, creatividad, con vocación de aportar. Del otro lado, la crítica facilona se disuelve como un azucarillo y le baila el agua a quienes manejan de verdad los hilos de la influencia, las tendencias y el dogmatismo.